Cuando Maradona casi se muere (2004), la gente hizo vigilia en la Clínica Suizo Argentina. El corazón y los pulmones estaban mal; fueron once días conectado a un respirador artificial. Para entonces, Maradona ya no era D10S, porque era a otro a quien le pedían milagros; ni los que le rezaban rosarios parecían hinchas, porque no vestían camisetas, ni recordaban que hubiese sido el mejor del mundo. Recordaban más bien que, en medio de uno de los inviernos más crudos, cuando la pobreza les daba poco para comer, les devolvió la esperanza por la vida con dos goles contra Inglaterra: el primero con la mano (el de la “mano de Dios”) y el segundo gambeteando a medio equipo (el “mejor de la historia”). No fue solo una victoria para avanzar a semifinales y ganar la Copa del Mundo (México 1986); fue la revancha por la derrota en la guerra de las Malvinas (1982). Por eso le lloraban. Después de su nacimiento en Boca, Maradona aterrizó en el Barcelona y era fácil predecir una carrera maravillosa. Duró solo dos temporadas (82/83 y 83/84). Empezó bien, a gol o asistencia por partido, tres títulos, casi todos los que podía ganar. Pero, a diferencia de Messi, nadie lo cuidó; la última temporada se la pasó lesionado, con el tobillo roto, de tanta patada. Ya no era útil. Lo transfirieron al Napoli, un club menor que peleaba el descenso. Allí se desgració: el clan Giuliano lo extorsionó, lo protegió a cambio de explotar su imagen. Maradona se terminó enamorando de sus captores, que le ofrecían fiestas y una cocaína que lo dominó por adicción. Empezó a dar positivo en los dopajes: la liga italiana lo suspendió (1991), la FIFA lo expulsó del Campeonato del Mundo (Estados Unidos 1994) y la liga argentina lo canceló cuando jugaba sus últimos partidos en Boca (1997). Siguió consumiendo drogas y de eso murió (2020). Dicen que agonizó durante doce horas por líquidos en los pulmones y un corazón que pesaba el doble de lo normal; ironía poética, porque él también quería más de lo normal. Su testamento lo hizo en público en ‘La Bombonera’: “… yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha” (2001).
La historia de Maradona no es la tragedia de las drogas, sino lo que hizo por el fútbol y por la autoestima de los argentinos, que no es poca cosa. La pregunta es qué destacamos. En estas elecciones, sobresalen las desgracias; vemos solo los pecados, los reinterpretamos, los empaquetamos, y ahí están los perfiles del antivoto: los candidatos son dictadores, corruptos, traidores, populistas, mentirosos, aliados de criminales, asesinos. Cada uno puede contestar que los hechos no son ciertos o que se deben interpretar de otro modo, o que se arrepienten, que piden perdón y que nunca más. La feligresía que rezaba no veía al Maradona adicto ni quería drogas a pesar de la muerte que producen; solo lloraban por la esperanza que les había dado en una de sus épocas más duras. Pues bien, la gente que vota por Fujimori o Sánchez también vota por una esperanza, aunque los políticos sean de lo peor; la política no se mancha, porque solo desde ella se pueden diseñar y ejecutar políticas públicas para quienes más las necesitan. Aún más, el presidente elegido no tendrá todos los poderes, está repartido por todos lados y tiene controles por todos lados; solo falta que exijamos que funcionen. Lo que vamos a elegir debiera ser quién puede asegurar mejor esas esperanzas. Lo explico con lo que nos advierten en los aviones: si hay despresurización, caerán unas mascarillas; póngase usted una primero, respire normalmente, luego ayude a los demás. Parece egoísta, pero no lo es. Para ayudar a sus hijos primero usted tiene que estar respirando, no se vaya a desmayar en el intento. Para mí, ese respirar es que el Estado tenga dinero para financiar servicios y obras. Un candidato lo ofrece mediante deuda, bajo riesgo de desequilibrar las finanzas públicas y regresar a la hiperinflación; la otra lo ofrece promoviendo la inversión privada que, además de pagar más impuestos, reducirá la pobreza al crear más trabajo. Primero, plata en mano; después, pongámonos de acuerdo en cómo ayudar. Estamos divididos en el voto, pero estemos preparados para trabajar juntos después, porque solo unidos podemos hacer realidad esas esperanzas.