Ninguna economía puede prosperar sin buenas instituciones. Prosperar significa que se eleve la calidad de vida de todos los ciudadanos. La crisis peruana es institucional. En el Perú cada vez creemos menos en las instituciones; es difícil pensar que una economía pueda progresar si no son creíbles. En términos simples, no creemos porque no funcionan. Sin ellas es imposible crecer de manera sostenida y, más difícil aún, elevar el nivel de vida de los ciudadanos más vulnerables.
¿Qué significan las instituciones? En economía, el concepto de instituciones tiene dos acepciones: en primer lugar, son organizaciones, como el Congreso, el Poder Judicial, las universidades, los colegios profesionales, los gobiernos regionales, los municipios, las empresas privadas, etcétera. Cada una de ellas se entiende como una organización con objetivos compartidos entre sus miembros. ¿Creemos en ellas?
En segundo lugar, son las reglas de juego: algunas formales, como las leyes, y otras informales, que responden más a costumbres y hábitos de la población. Tanto las primeras como las segundas determinan cómo funcionan las economías, pues todas las sociedades funcionan con reglas, algunas no escritas. Tenemos una cultura informal en la que las reglas son lo que menos importa.
La cultura del “vivo” puede considerarse una institución, pues se trata de una mala costumbre en nuestro país, un mal hábito que se está extendiendo en amplios segmentos poblacionales. Las reglas tributarias también son una institución. En el primer caso, se trata de una institución informal, mientras que en el segundo, formal. El punto es que, dentro del marco institucional que cada sociedad tiene, funciona una economía. Por eso, cualquier reforma que se quiera hacer en el campo económico debe ser antecedida por una mejora institucional. Crecer más significa tener antes mejores instituciones.
El resultado es que cualquier medida parece que está condenada al fracaso. Parece que nada funciona, pues fallan quienes deben implementarlas y quienes deben cumplirlas. ¿Tan incapaces somos? Perú atraviesa por una recesión institucional desde hace tiempo, que se ha profundizado en la última década.
Mientras no tengamos mejores instituciones ni cambiemos nosotros mismos, resulta muy difícil que seamos un país competitivo, capaz de brindar a sus ciudadanos servicios básicos de calidad. El debate institucional está más allá de la izquierda y la derecha, y es anterior a ellas. Miremos el mundo y veamos por qué algunos países funcionan mejor que otros. Encontraremos que son sociedades con altos niveles de confianza interpersonal que, además, tienen muy bajos niveles de corrupción y Estados que están al servicio de los ciudadanos con eficiencia y eficacia, tres condiciones que no se cumplen en el Perú.
¿Cómo podría fluir la inversión privada, tan importante para reactivar la economía y así aumentar el empleo, si no evitamos que en el camino funcionarios corruptos encarezcan el proceso buscando intereses personales a cambio de una coima? ¿O es que no se puede hacer nada y debemos caer en la corrupción para poder funcionar? ¿Cómo aumentamos la inversión pública si los gobiernos locales, regionales y el central no tienen capacidad de gestión? ¿Cómo sostenemos un país en el que la formalidad solo funciona para 27% de los trabajadores y la mitad de las empresas? ¿Cómo podemos avanzar en un país en el que nadie cree en nadie y reina la intolerancia y desconfianza?