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Qué hacer con un hijo therian

"Siendo todo lo jodidos que son, son mi sangre y los acepto. En sus mejores días incluso los amo con todas sus espinas...”.

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(Midjourney/Perú21)
(Midjourney/Perú21)
Fecha actualización:
01/03/2026 - 07:10
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Tengo dos hijos complicados. Seriamente complicados. Y ellos tienen un padre demasiado viejo. He decidido creer que es transitorio: son menores. (La negación también es una forma de salud mental). A pesar de su edad, exhiben un orgullo inflamable y un temperamento sobreactuado. No es culpa suya: la genética manda. El problema es que ponen todas las carencias propias de la infancia al servicio de potenciar su volatilidad. A diario.

Encima, siendo niño y niña, compiten entre ellos interpretando las circunstancias más insignificantes de la vida siempre como algo personal. Por ejemplo, el número de pepas de una mandarina que le pueda tocar a alguno de ellos. Tengo, además, una hija mayor, dulcemente estructurada, que de pequeña jamás protagonizó un episodio agreste. Tal vez acaso una proliferación de amigos imaginarios, pero nada más.

En cambio, los otros dos tienen el temperamento del papel lija, el orgullo de un toro de lidia y la terquedad de una cabra de monte. Esto confirma que el desorden no es universal: es selectivo. Pero ubica a los dos menores vástagos dentro de la categoría de lo intermitentemente indeseable.

Siendo todo lo jodidos que son, son mi sangre y los acepto. En sus mejores días incluso los amo. Y les agradezco específicamente algo crucial que fortalece este vínculo irrompible: ninguno de los dos me ha salido therian.

La identificación humana con animales es milenaria. Totémica. Hasta necesaria, considerando la baja estofa moral que alcanzamos como mamíferos en ciertos momentos. Los animales no mienten ni piden ministerios.

Eso explica los nobles símbolos animales que han sido modelos virtuosos y ecuménicos de emulación humana: águilas, toros, dragones, leones, inclusive capibaras.

Paralelamente, ha existido también una relación más conflictuada con el reino animal que, si bien está marcada por la maldición y la condena, siempre conservó cierta dignidad mitológica. Es el caso propio del licantropismo y el vampirismo, condiciones que dan vida a hombres lobo y a hematófagos inmortales que nunca verán su reflejo en el espejo. En ninguno de estos casos extremos signados por la condenación eterna hay espacio para la peor de las manchas, la de la estupidez. En comparación, aquí es donde brilla en toda su ridícula naturaleza el fenómeno de los therian.

El therianismo carece de épica. Es una tragedia sin grandeza. Y maculada por la mancha indeleble de la estulticia.

Como casi toda idiotez sólida de nuestra época, lo therian nació en Internet. Antes de las redes existían foros de debate donde almas solitarias ajenas al goce carnal discutían sobre vampiros alérgicos al ajo y hombres lobo hechizados por la luna llena. Era ficción. Era juego. Eran los noventa.

Luego todo se tergiversó. Llegó la peste contemporánea de lo identitario. Ya no se trataba de creer en monstruos: ahora uno era el monstruo. No admirar al gato, sino declararse gato. Pero con DNI, WiFi y derecho a voto.

Los therian no idealizan animales. Se identifican como ellos, pero sin renunciar a los privilegios humanos. Si fueran coherentes, andarían desnudos, indocumentados y marcando territorio en postes. Si alguien se identifica como caracol, adelante: que se arrastre. Pero si cincuenta caracoles bloquean el tránsito, descubrirán que el Estado aún distingue entre fantasía y espacio público.

Pero el peor problema de lo therian no es sociológico. Es doméstico. El drama empieza cuando en tu propia casa, en el seno familiar como dicen oficialmente en ministerios,  un imberbe decide que es conejo. La adolescencia es manejable con algo de paciencia y whisky. La estupidez militante, no tanto.

La primera reacción será brutal: si te crees animal, duerme en la cocina. Y devuelve el celular. Si eso no funciona, uno podría considerar una visita veterinaria para esterilización preventiva. O una limpieza de glándulas anales, que —según dicen— mejora el carácter. Tener un falso animal sentado a la mesa familiar es desafío hasta para el más sagrado vínculo sanguíneo.

Obviamente, la psicología recomienda diálogo y escucha activa. Incluso si lo que escuchas son maullidos con déficit semántico. Se supone que esto responde a una crisis con la condición humana. Pobres criaturas de cristal: les pesa demasiado pertenecer a la especie dominante del planeta.

Hay, sin embargo, dos excepciones respetables de prototherianismo. La primera de ellas es la de la Tigresa del Oriente. Ella no se identifica: ella es. Y el mundo, admirado, lo acepta.

La otra es filosófica y tiene que ver con dejar de pertenecer a una especie con episodios vergonzosos. Cuando uno presencia repartijas congresales o atropellos con fuga, como dijo César Calvo, dan ganas de nacionalizarse culebra.

Hijos, destruyan mi paciencia. Pero no se me vuelvan mascotas. Es preferible la rebeldía humana al zoológico identitario.

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