Los tres elementos que vertebraron la obra de Alberdi fueron la división de poderes de Montesquieu, la riqueza de las naciones de Adam Smith y la Constitución de EE.UU. En lo económico, la Constitución de 1853 consagraba el libre comercio, la competencia, la iniciativa privada y la libre empresa. Le fue muy bien a Argentina con estos principios durante casi un siglo; hasta que, en 1949, durante la primera presidencia de Perón, se aprobó una nueva Constitución que promovía la intervención del Estado en la economía y el comercio exterior, y la –no siempre circunspecta– función social de la propiedad. Sin duda, la Constitución tenía aspectos positivos, como la igualdad de derechos para la mujer y la elección directa del presidente; en lo económico, no obstante, puso fin al proceso dinámico de crecimiento –capaz de absorber decenas de miles de inmigrantes año tras año– y abrió el paso a siete décadas de populismo que han convertido en subdesarrollado a uno de los países más prósperos.