Parecía una poesía en prosa, como las de Borges: “El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi el Aleph desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph, y en el Aleph la tierra y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ninguno ha mirado: el inconcebible universo”. Pero no era poesía, sino un discurso, el más político que recuerdo: “Durante más de veinticinco años he recorrido nuestro país, he visto comunidades esperando durante décadas una carretera que no llegó, he visto hospitales que no pueden atender con dignidad a quienes lo necesitan, he visto pueblos que esperan agua potable y agricultores que enfrentan demasiadas barreras para progresar. He visto el rostro más doloroso de la desigualdad: esos niños que enfrentan la desnutrición, esos jóvenes llenos de talento que sienten que su futuro depende más del lugar donde nacieron que de su propio esfuerzo, esas madres y padres que trabajan todos los días con la esperanza de que sus hijos puedan vivir mejor que ellos. Esas imágenes no son estadísticas, son rostros, tienen nombres. Ese es el Perú que debemos transformar. El Perú no necesita un gobierno que explique los problemas, sino que los resuelva. No hemos venido a administrar la inercia, sino a recuperar el sentido de urgencia del Estado”. Era el discurso de Keiko al recibir sus credenciales de presidenta, aunque es más un resumen de su plan de gobierno y el juramento de gobernar para los que menos tienen, porque “he escuchado sus preocupaciones, sus esperanzas y también sus decepciones”.
¿Usted le cree? “Quiero dirigirme también a quienes tuvieron dudas y, aun así, nos dieron la oportunidad. Sabemos que la confianza ciudadana no se exige, se construye y se fortalece cumpliendo la palabra; ese es nuestro compromiso. Pero quiero hablar especialmente a quienes no votaron por mí. Les prometo un Estado al servicio de la población para terminar con esa desigualdad y enfrentamiento que nos está ahogando como sociedad”. El arte de la oratoria es convencer y conmover, como lo siento yo mientras releo el discurso para escribir esta columna. Pero usted tiene el derecho a seguir dudando, a repasar conductas, a recordar sucesos, a mirar las cosas con otros cristales, para concluir que Keiko fue de lo peor, que no merece nada, que hay que hacerle la vida imposible como se la hizo a otros, que reviente, que se jubile de la política de una santa vez. Tiene derecho, esa es la democracia. Pero para usted, si fuese de esos, el discurso le ha dejado dos mensajes. El primero es que Fuerza Popular no va a administrar el gobierno, porque Keiko va a convocar a los mejores, sin importar su militancia partidaria, pareciéndose en eso al joven Alan García de 1985: “Soy candidato del aprismo, pero seré el presidente de todos los peruanos”. El segundo mensaje es más cierto y potente: “Ningún gobierno puede sacar adelante al Perú si se continúa alimentando la división y el odio”. Ya lo ve, la primera movida política de Keiko ha sido extender la mano: “He aprendido a pedir perdón, pero sobre todo he aprendido a perdonar; por eso, creo firmemente en la reconciliación. El Perú necesita mirar hacia adelante y hacerlo con serenidad, con confianza”.
Empieza un nuevo gobierno y todo inicio es un renacimiento. Aprendamos de los errores. El gobierno no puede pretender copar todo, pero la oposición tampoco puede boicotear; estamos obligados a entendernos, no a repartijas de puestos para que sean ocupados por los más dóciles, aunque fuesen los más mediocres, sino para crear las condiciones políticas para que prosperen las islas de eficiencia pública, para que aparezcan más Julios Velardes, para que el BCR no sea la excepción, sino la semilla. Keiko ha extendido la mano; la oposición debe estrecharla, no por protocolo, sino por la responsabilidad con esa otra parte del país que no votó por Keiko, porque también merece realizar sus esperanzas.