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Para no irme a la mierda...

"Hubo un tiempo en el que decidí apagar mis emociones, anestesiándolas con cualquier químico, porque consideraba que sentir no era seguro. Miedo a sentir. Eso tenía".
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Fecha actualización:
27/07/2026 - 07:00
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A mí me tocó ser el que extraña, el que desea, el que se pregunta: “¿Cómo será…?”. ¿Cómo será tener papá? ¿Cómo será vivir con mis hijos? ¿Cómo será no aburrirse de todo? Como si eso que deseo conocer fuera “lo perfecto”. Y entonces, cuando me doy cuenta de que lo perfecto es lo que ocurre y de que tiene una razón de ser en mi vida, cierto alivio me abraza.

Estos últimos diez años de vida vienen siendo reveladores. Las fichas me han ido cayendo una a una. He pasado de sentir que la vida me debía algo a entender que todo estuvo, está y estará siempre bien. CERTEZA.

Trabajo mucho en mi certeza, en esa confianza y seguridad sobre lo que todavía no tengo ni veo. Creo profundamente que todos provenimos de una fuente de amor inconmensurable, colosal e incalculable. Y ahí es donde trato de estar: en ese lugar donde todo es perfecto porque no hay nada más que amor.

Si todo viene de ahí, entonces esto que hoy me reta no es de temer. Alguna razón ha de tener en mi vida, conectada con mi crecimiento. Entonces, la incomodidad ya no es un problema; es más bien un reto, un asunto por resolver, un desafío. Todo está conectado con expandirme.

Porque a eso venimos. No a ser felices, como dicen por ahí. Venimos a aprender, a crecer, a desarrollar nuestro potencial, a ser luz, a vincularnos primero con nosotros mismos para luego hacerlo con los demás.

Recibo todo el tiempo evidencias de que ASÍ ES. Es como habitar una frecuencia, salir de la matriz del miedo y entrar en la fuente del amor, el poder, la expansión, la certeza, la paz, la armonía… Eso que, dicho de una manera más sencilla, llaman FELICIDAD.

La felicidad es una responsabilidad, no es un regalo. Es un logro de la introspección y de todo lo que ella acarrea. Cuanto más busqué la felicidad en los vínculos, en el dinero y en los objetos materiales, más distanciado estuve de ella. Cuanto más ruido le metía a mi vida, más kilómetros de distancia me separaban de lo que hoy, para mí, es lo real.

Hubo un tiempo en el que decidí apagar mis emociones, anestesiándolas con cualquier químico, porque consideraba que sentir no era seguro. Miedo a sentir. Eso tenía.

Las emociones son como las lucecitas que se encienden en el tablero de un automóvil. Cuando se prenden, te avisan a qué parte de tu humanidad necesitas prestarle atención. Es como la luz del aceite: significa “agregue esto que está faltando”. Y si simplemente la ignoras, quemas el motor.

Yo quemé motor, quemé cerebro, quemé corazón y estuve a un pelito de quemar mi alma también.

Vivir “conectado” con la fuente del alma es todo un trabajo que demanda compromiso contigo mismo. Es un camino de idas y venidas eternas, porque está en nuestra naturaleza volver a lo viejo conocido, aunque sea por un ratito, aun sabiendo que ahí NO ES.

TODO ES PERFECTO, en mi caso, no es un eslogan ni una frase de motivación mañanera. Es una evidencia de la cual me apropio día a día, siempre y cuando cumpla con algunos requisitos.

Esa certeza está ahí, siempre disponible para mí. Solo que, para habitarla, mi cuerpo, mi alma y mi mente necesitan ejecutar ciertas acciones, pasar ciertos filtros. Porque se trata de conectar con la divinidad y, por ende, es sagrado. Merece y requiere de mí cierto estado de consciencia.

Está ahí, como la música en los años ochenta: disponible en discos y casetes, en todos los formatos. Solo que hay que cumplir con algunas condiciones, porque es un regalo divino.

Lo divino… ¿Qué es lo DIVINO? ¿Dónde está lo DIVINO? ¿Cómo se llega ahí?

Lo DIVINO no es un lugar al que se llega. Es una consciencia de unidad. Es el estado más integrado y lúcido de mi ser. Es la conexión más pura con todos. Es no sentirme amenazado. Es no buscar significado en todo. Es no ver enemigos en quienes piensan y sienten diferente de mí.

Lo DIVINO es soltar el control y CONTEMPLAR.

Es la máxima sensación de amor por todos los seres vivos. Es una frecuencia.

Entonces, si deseo entrar en esa frecuencia maravillosa llamada LA FUENTE, EL AMOR, necesito primero apagar mi sistema nervioso simpático, que, encendido al palo, literalmente secuestra mi amígdala cerebral. Y es ahí cuando siento que el mundo y la humanidad son lugares inseguros.

Será muy difícil experimentar la CONEXIÓN PROFUNDA si mi organismo entero cree que estoy en peligro.

Por eso medito. Por eso el silencio. Por eso la oración. Por eso la contemplación, los mantras, la respiración, el ayuno, la conexión con la naturaleza, los abrazos y el sexo. Para poder entrar en la frecuencia vibratoria del AMOR.

Es como si quisiera ver las estrellas al mediodía. Las estrellas están ahí, siempre disponibles. Es la luz la que no deja verlas.

Nuestra mente, en lo cotidiano, funciona igual. Está llena de preocupaciones, juicios internos, resentimientos, expectativas, deseos, comparaciones, ruidos, culpa y apegos. Todo eso ocupa el espacio donde justamente podría aparecer una experiencia de profundidad.

Mi trabajo personal consiste, todos los días, en apagar ciertas redes cerebrales en las que se activa la narrativa del “yo”. Y, una vez que eso ocurre, conecto con la unidad, con lo trascendente, con la ausencia de separación, con una profunda paz, con la compasión espontánea y con la sensación de estar conectado con algo mucho mayor.

Para que eso ocurra, todos los días medito profundamente, oro compasivamente, voy a montar bicicleta por el malecón para conectar con el mar y la naturaleza, abrazo sostenidamente a mi esposa, a mis hijos y a cualquier ser humano de mi entorno que me lo permita y que no crea que estoy loco.

Y todo esto es lo que me gustaría explicarles a mis hijos, que este mes de vacaciones se han quedado conmigo. Hemos vivido juntos. Los he podido oler por las mañanas. Durante algunos días, no he sido el que extrañó.

—Papá, ¿para qué te levantas todos los días a las cuatro de la mañana?

—Para estar bien, mi vida. Para hacer deporte, leer un poquito, respirar y meditar.

En cristiano: para no irme a la mierda una vez más.

P. D.: Por si acaso, no estoy bajo los efectos de ningún hongo, de la ayahuasca ni de cualquier otra cojudez que se le parezca. Más bien, así soy cuando me permito mostrarme un poquito más.

Disculpen la honestidad o la desilusión.

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