La informalidad hace que un gran grupo de peruanos quede desprotegido y, además, sea invisible para el Estado. La informalidad mata porque nos obliga a navegar a ciegas en cualquier tormenta. En medio de agudas crisis, la informalidad dificulta sobremanera focalizar ayudas, subsidios y acciones. La pandemia, los sucesivos Fenómenos de El Niño, o terremotos como el de Pisco, no son sino muy tristes ejemplos de la terrible incapacidad que produce esta ceguera cuando más se necesita que el Estado responda rápida y eficientemente con ayuda focalizada. Claramente no necesitamos más informalidad ni más empleo precario. Deberíamos más bien concentrar esfuerzos en promover el crecimiento, la inversión y la formalidad, en elevar nuestra competitividad y productividad, en generar más y mejores empleos.