El hotel tiene tres piscinas: una en el campo, rodeada de piedras; otra en el edificio modernista de tres pisos; y una en el spa. Manejar en el carro de golf de la casita a la pileta en el campo es el colmo de la pereza: es tan corto el trayecto que uno llega en menos de tres minutos. Dado que no bebo alcohol, paso la tarde tomando jugos de frutas y cafés. De pronto aparecen, amigables, confianzudos, los zorros de monte que viven en el hotel. Nunca había visto tan cerca a un zorro. Aquellos zorros uruguayos parecen perros, solo que tienen un hocico más alargado, unas orejas cortas y erguidas, y una cola más voluminosa. No son como los zorros grises; son más pequeños y suelen ir en pareja o en grupos de tres. Para mi sorpresa, no vacilaron en acercarse a nosotros, esperando que les diésemos de comer. Aunque los muchachos que atendían en la piscina nos sugirieron no arrojarles comida, resultó inevitable amigarnos con los zorros y ofrecerles comida. Siendo zorros, eran astutos, inteligentes, oportunistas, y ya sabían que nosotros los queríamos y encontraríamos la manera discreta de alimentarlos. Yo les daba todo: jamones, quesos, pedazos de pechuga de pollo, trozos de lomo, pizza margarita, pan con mantequilla, huevos revueltos, todo. Incluso cuando ya no teníamos carnes, quesos ni panes, les tirábamos frutas y las comían todas: sandías, melones, plátanos, piñas. Quedé fascinado con esos zorros perros. Uno se me acercó tanto que le puse la mano en el hocico y la lamió, en señal de amistad o gratitud.