No ha sido fácil llegar a sentarme en el asiento del avión que nos lleva de madrugada a Montevideo, surcando la inmensidad de los cielos negros. Ha sido un esfuerzo no menor. Mi hija y yo hemos llorado varias veces en el aeropuerto de Miami, abatidos por tantas circunstancias contrariadas, diezmados por la fatiga y la frustración, humillados por las colas, abrumados por el peso de nuestros maletines que pesaban como una familia de enanos. Todo ha sido muy arduo, muy cuesta arriba, y mientras llorábamos, exhaustos, arrepentidos de estar viajando sin todavía estar viajando, mi esposa nos daba ánimos, nos consolaba, nos decía que pronto llegaríamos al avión y todo volvería a estar bien. Ahora, ya en el vuelo, ellas duermen y yo escribo, rencoroso, y aprovecho para quejarme. Todo estaba mal, muy mal, en el aeropuerto de Miami: no había plazas vacías en el parqueo porque mucha gente viajaba por el receso de la primavera; había muy pocos agentes uniformados atendiendo en el mostrador de la aerolínea, y entonces la fila era muy larga y la espera una pesadilla; solo había un control de rayos X en todo el aeropuerto y los otros dos estaban cerrados, con lo cual centenares de personas se agolpaban en aquella serpiente gorda y venenosa que era la fila de humanos crispados por la impaciencia; el tren que debía llevarnos a la puerta de embarque en los quintos infiernos estaba averiado, cómo no, y entonces no quedaba más remedio que caminar a toda prisa, jadeando, cargando los bolsos que pesaban como una familia de enanos; y cuando por fin entramos al avión 787 y llegamos a nuestros asientos, un señor había ocupado el asiento 1H asignado a mi esposa, y su tarjeta de embarque decía 1H, y la tarjeta de mi esposa también decía 1H, y el señor decía que ese era su asiento a no dudarlo, y mi esposa tomaba aire y se insuflaba de paciencia, hasta que, diez o quince minutos después, se confirmó lo que mi esposa y yo sospechábamos: que al señor con aires imperturbables le habían concedido un upgrade porque pensaron que mi esposa ya no llegaría al vuelo, así que el señor educadamente tuvo que retirarse y por fin nos acomodamos en los asientos que yo había comprado hacía tantos meses, sin imaginar que sentarnos en ellos provocaría una feroz lucha de clases entre los que querían subir de clase como el impasible señor y los que no queríamos bajar de clase como nosotros. Tal como ocurre en la vida misma, fueron premiados con una mayor comodidad los que habían pagado más. La vida es entonces una pelea incesante por estar más cómodos y no todos consiguen ganarla. Algunos se joden y se incomodan para que otros se acomoden a sus anchas.