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Odio el mundial

“En ese preciso instante comprendí que contra el Mundial no se compite. Sea quien seas, pase lo que pase, si hay un partido, eres la última rueda del coche”.

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Fecha actualización:
13/07/2026 - 07:00
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El trauma viene de hace cuarenta y cuatro años, cuando tenía exactamente siete años de edad, en un almuerzo familiar. Sin dar muchos detalles, había preparado durante toda una semana una actuación para un magno reencuentro familiar. Mi tío, el diplomático destacado en Grecia, venía al Perú después de cuatro años de servicio. Los tiempos no eran como los de hoy, que tan solo apretando un botón ya estás en una videollamada con quien más quieras, así se encuentre en el centro de la Tierra.

La emoción familiar desbordaba y mi mamá me había asignado la tarea de bailar al estilo de la película Zorba, el griego (adaptación de la novela del mismo nombre), protagonizada por Anthony Quinn. Baile del que también disfrutaban las escorias terroristas de Abimael Guzmán y toda su cúpula de Sendero Luminoso en aquel histórico video de inicios de los noventa.

Dicho esto, pasado el mediodía del viernes 18 de junio de 1982, en la calle Canterac, cuadra cuatro, del distrito de Jesús María, yo estaba disfrazado de pies a cabeza con una fustanela (falda con chaleco), alquilada en la casa de disfraces Mandril.

Mis tíos, mi abuelo, mi mamá, mis primos... todo el clan familiar, menos mi tío Pepe, quien aún continuaba en “modo resentimiento” por una de las tantas rencillas familiares entre hermanos, mal gestionada por mi abuelo, quien siempre decía que su hijo estrella, el diplomático, era un modelo digno de seguir.

Pepito, el hijo pródigo de la familia, de quien guardamos siempre el recuerdo de que un día, en estado de abstinencia, desempotró el water del baño de visitas de la casa de mi abuelito para cachinear a cambio de unas cuantas “liguitas de PBC”, siempre fue un chico un poco particular. Mientras que al recién llegado de Grecia le encantaban los libros, a la aspiradora humana le encantaba el fútbol.

Así las cosas, estando en el comedor todos festejando el regreso del tío exitoso, en el cuartito del escritorio mi otro tío veía el partido entre Perú e Italia por la Copa del Mundo España 82. A nadie le importaba porque íbamos perdiendo 1-0.

“¡Carlos Enrique ha preparado un baile para ti!”, dice mi mamá y aprieta play en la casetera. Suenan las primeras notas de Zorba, el griego y, al mismo tiempo, se escucha un desaforado grito de:

—¡¡¡GOOOOOOOOOOL, CARAJO!!!

Gol de Rubén ‘El Panadero’ Díaz. Remate de tiro libre que se desvió en el italiano Dino Zoff y finalmente le regaló a Perú el empate del partido en el mismísimo minuto 83.

Todos, absolutamente todos, hasta el perro, se fueron corriendo a ver la repetición del gol en el televisor Telefunken.

Nunca más nadie salió de esa habitación. El almuerzo pasó a segundo plano, las cervezas iban y venían y yo seguía esperando con ese disfraz picándome por todo el cuerpo.

—¡Carlos Enrique! ¿Qué haces ahí en la sala? Ya son las cinco de la tarde. Ven a compartir con nosotros.

—¿Y el baile, mamá?

—Ay, hijito, eso a nadie le importa. Estamos todos aquí reunidos y, además, tus tíos se han reconciliado.

En ese preciso instante comprendí que contra el Mundial no se compite. Sea quien seas, pase lo que pase, si hay un partido, eres la última rueda del coche.

Por eso odio el Mundial: porque fue la primera vez que once desconocidos me quitaron a mi familia cuando yo quería darme a conocer.

Y de ahí en adelante odio el Mundial porque los restaurantes se convierten en miniestadios y no puedo comer en paz.

Odio el Mundial porque todas las conversaciones normales terminan en: “¿Y tú quién quieres que gane?”.

Odio el Mundial porque todos se alucinan entrenadores.

Odio el Mundial porque haces una reunión y todos llegan tarde si coincide con algún partido o, peor aún, nadie va.

Odio el Mundial porque los grupos de WhatsApp se convierten en una transmisión en directo, todos comentando el gol que acaba de meter tal o cual equipo.

Odio el Mundial porque, si no sabes quién juega hoy, te miran como si ni supieras la fecha de la independencia del Perú.

Odio el Mundial porque cualquier trámite administrativo demora el doble. Todos están viendo el partido y algunos llegan al extremo de pedirte que, por favor, lo resuelvas después del partido.

Odio el Mundial porque todos los centros comerciales ponen pantallas gigantes y el ruido es infernal.

Odio el Mundial porque nadie responde mensajes importantes, pero ¡ay, si se trata de comentar un gol! Eso te lo comentan en tres segundos.

Odio el Mundial porque hay quienes se ponen de mal genio porque su equipo perdió.

Odio el Mundial porque durante un mes entero, si no te interesa el fútbol, eres tú el raro.

Odio el Mundial porque todas las actividades están sujetas a la hora que comience el partido.

Odio el Mundial porque no le encuentro sentido a ponerte una camiseta que no volverás a usar en los próximos cuatro años.

Odio el Mundial porque hay gente que insulta a los árbitros y a los jugadores por televisión, convencida de que la están escuchando.

Odio el Mundial porque siempre es culpa del árbitro, del clima, de la cancha, de Mercurio retrógrado, pero jamás porque el equipo jugó mal.

Odio el Mundial porque aparecen personas que no conocen ni a sus vecinos, pero sienten una profunda hermandad con un delantero que vive al otro lado del mundo y que no te conoce ni en pelea de perros.

Odio el Mundial porque los narradores son un solo ladrido al aire: gritos y frases realmente tetudas.

Odio el Mundial porque, cuando el equipo gana, dicen: “Ganamos”, pero si el equipo pierde dicen: “Esas bestias perdieron”.

Odio el Mundial porque todos organizan apuestas que terminan ganando los que menos saben de fútbol.

Odio el Mundial porque hay personas que creen que cruzar las piernas, cambiarse de asiento o no mirar un penal puede impactar en el resultado. Cábalas le llaman.

Odio el Mundial porque Perú no llegó al Mundial. Jugamos como nunca, perdimos como siempre y, matemáticamente, siempre tenemos posibilidades.

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