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Nada hubiera sido igual

"Aunque siempre podremos reencontrarnos con Vargas Llosa en sus páginas, hoy es inevitable sentir que algo en nuestras vidas ha quedado incompleto, que se ha apagado una voz que tenía tanto más por decir”.

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(Midjourney/Perú21)
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Fecha actualización:
20/04/2025 - 07:05
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Sin tratarse de alguien de mi entorno familiar o amical, la muerte de Mario Vargas Llosa se siente como una pérdida cercanísima, la de alguien cuya presencia ha estado ahí desde inicios de mi adolescencia. Ya sea como la mente detrás de muchas páginas de ficción leídas, como un referente político o como el más articulado defensor de muchas ideas que suscribo, su voz ha resonado fuerte y clara siempre.  

Voy a estar siempre agradecido con Vargas Llosa por haberme abierto la puerta a tantos mundos. Desde que leí un libro suyo por primera vez a los 13, ha sido a quien más he leído y vuelto a leer. Ningún autor como nuestro nobel ha sido capaz de, al mismo tiempo, dar vida a historias y personajes tan entrañables, hilarantes o sórdidos (El ‘Sinchi’, ‘Jaguar’, Cayo Bermúdez, el cabo Lituma o ‘Pichulita’ Cuéllar, por mencionar algunos) como aportar tan trascendentalmente a los debates políticos y sociales más relevantes de las últimas décadas.

Vargas Llosa me hizo reír al extremo de la carcajada con las radionovelas de Pedro Camacho en La tía Julia y el escribidor. Me ilustró con crudeza la barbarie de las tiranías en La fiesta del chivo o en Tiempos recios. Me acercó al pensamiento de liberales como Hayek, Smith, Popper o Revel con La llamada de la tribu. Me enterneció con los delirios utópicos de Toño Azpilcueta en Le dedico mi silencio, su última novela. En definitiva, Vargas Llosa amplió mis fronteras y las de millones de lectores en todo el planeta.

El escritor encendió mi interés en la política con su Conversación en La Catedral —quizás su máxima obra— y me inspiró a participar directamente en ella al conocer su propia incursión electoral en El pez en el agua. Este último también fue decisivo para afianzar mis convicciones sobre la superioridad de la economía de mercado para el progreso de las naciones.

En un medio en el que la enorme mayoría de intelectuales del mundo está a la izquierda del pensamiento político, Vargas Llosa ha sido, sin duda, el más destacado pensador de derecha de nuestro tiempo. Y lo ha sido con una valentía y honestidad radicales, sin temor a cambiar de opinión, a reconocer sus errores o a decepcionar a propios o ajenos por hacer lo que él creía correcto hasta el último día.

Aunque fue sin duda el peruano más universal, Vargas Llosa ha sido también el más peruano de nuestros escritores. Nadie como él ha sido capaz de retratar tan precisamente la realidad peruana a través de sus historias y personajes, con sus complejidades, alegrías, atrocidades y contradicciones. Resulta inevitable identificarse con esa relación tan entrañable como conflictiva con el Perú que Vargas Llosa denota en sus libros.

Además de la trascendencia de sus ficciones y sus ideas, impresiona la prolificidad con que nos las legó. Desde que en 1959 publicara Los jefes han pasado 67 años, y la frecuencia y calidad de su producción nunca declinaron. 20 novelas, 15 libros de ensayo, nueve obras de teatro, un libro autobiográfico y un artículo de opinión cada dos semanas durante más de tres décadas. Difícilmente se puede encontrar otro autor contemporáneo tan prolífico.

Pero Vargas Llosa no se limitó a la creación literaria, sino que fue una voz permanentemente activa en el debate político y económico peruano y mundial. Fue consciente de que las convicciones hay que defenderlas incluso si eso implica ganarse enemigos o, en el extremo, participar directamente en política, como hizo en 1990 con el Fredemo, el único movimiento genuinamente liberal en la historia del Perú; una campaña en la que Vargas Llosa introdujo al país el conjunto de ideas que fueron fundamentales para salir del hoyo económico en el que nos encontrábamos.

Aunque siempre podremos reencontrarnos con Vargas Llosa en sus páginas, hoy es inevitable sentir que algo en nuestras vidas ha quedado incompleto, que se ha apagado una voz que tenía tanto más por decir. Ojalá su muerte motive, sobre todo a los jóvenes, a acercarse a su obra y a sus ideas tan vigentes.

Vargas Llosa decía que lo más importante que le pasó en la vida fue aprender a leer. Pues para millones de lectores en el mundo encontrarnos con su obra fue, sin duda, una de las cosas más importantes que nos pasó. Nada hubiera sido igual sin sus libros y sus ideas. Gracias por siempre, Mario.

 

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