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DE MENTES Y RECUERDOS

Miedo a la atrofia

“Una metáfora precisa: una habilidad que deja de ejercitarse porque una herramienta la sustituye, se vuelve fofa. Los músculos, biológicos o relacionales, se construyen y fortalecen a través de la práctica”.

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Miedo a la atrofia Roberto Lerner
Columna por Roberto Lerner. (Foto: Midjourney/Perú21)
Fecha actualización:
11/04/2026 - 08:12
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Una encuesta de Gallup, realizada entre más de 1,500 estadounidenses de entre 14 y 29 años tiene como hallazgo central que la generación que más usa IA es la que peor se siente sobre las posibilidades que ofrece. No la usan menos —eso se mantiene estable—, sino que lo hacen en clave angustiada. Quienes la ven con optimismo y esperanza cayeron de 27 a 18 por ciento en un año. Casi un tercio declaró que al pensar en ella experimentan enojo. Más uso, menos confianza, se incrementa el malestar. Parecido a lo que despierta la dependencia con respecto de algo o alguien.

Los números y porcentajes son interesantes, pero lo más revelador es el vocabulario con el que los encuestados explican su desasosiego. Nada o poco que ver con que es difícil de entender, que el acceso es limitado, que el servicio es caro, la capacitación escasa. Abundan temores sobre pérdida de creatividad o pensamiento crítico. Sobre todo el impacto en la calidad de sus interacciones con otras personas o el desarrollo de habilidades sociales.  

Mientras tanto, el debate entre los adultos —en los medios, en los colegios, en los foros en los que se discuten políticas públicas— gira en torno a otros ejes: ¿Cuánta IA se debe permitir en el aula y en la preparación de trabajos académicos? ¿Cómo regular el acceso? ¿Qué plataformas son seguras? Preguntas más que razonables. Pero interrogantes que atañen a fronteras y límites, que no tantean el terreno desde el interior. Los mayores debatimos el perímetro mientras evadimos lo que ya opera adentro, en la textura de los vínculos y en la formación del pensamiento.

Una entrevistada para el estudio dice: “Siento que todo lo que me interesa puede ser reemplazado en el corto plazo, a la vuelta de la esquina.” ¿Preocupación sobre opciones y perspectivas laborales? No, por lo menos no principalmente. La inquietud es sobre identidad. Una persona en formación que se pregunta si hay lugar para ella en un mundo que produce, más rápido que ella misma en su desarrollo, versiones funcionales de lo que todavía está aprendiendo a ser.

Otra voz, perteneciente a una joven de 27 que trabaja en turismo y usa la IA todos los días: “Hay una línea divisoria, fuera de la oficina, ni hablar, no quiero que mis músculos sociales se atrofien.” Una metáfora precisa: una habilidad que deja de ejercitarse porque una herramienta la sustituye, se vuelve fofa. Los músculos, biológicos o relacionales, se construyen y fortalecen a través de la práctica. Y se pierden cuando no hay con quién utilizarlos. Esta joven llegó a esa conclusión porque tiene, a sus 27 años, un yo lo suficientemente formado como para reconocer qué vale defender, qué no puede dejar que se pierda.

Esa diferencia es sustancial y decisiva. No es lo mismo llegar formado a la IA que formarse con ella. En el primer caso, se puede elegir qué delegar. En el segundo no hay aún qué proteger.

La ironía del momento es que los jóvenes —que supuestamente no reflexionan, los nativos digitales que, se dice, adoptan todo sin preguntar— comienzan a articular algo que los adultos evitan nombrar. No porque sean más sabios. Sino, porque lo están viviendo desde adentro, y el malestar que sienten retumba en los espacios y procesos de desarrollo. No es un fenómeno aislado: hay señales crecientes de que algo más amplio está en movimiento, una incomodidad generacional con la vida digital que va más allá de la IA y que todavía no sabemos bien si celebrar.

Los adultos estamos haciendo la tarea al revés. No se trata de explicarles a los jóvenes qué riesgos corren con la IA. Se trata de tomarnos en serio lo que ellos ya sienten, con una claridad que no necesita ser articulada para ser real. Lo sienten porque lo viven desde adentro. Y eso, en este momento, es bastante más que lo que la mayoría de los adultos estamos dispuestos a escuchar.

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