PUBLICIDAD

Los octógonos de mi familia

“Tengo un tío que entre sus octógonos está el de “alto en envidia” y, producto de ese sellito en su alma, siempre busca bajarse cualquier comentario de alegría, aliento o esperanza de sus hermanos”.

Imagen
galdós
Fecha actualización:
01/06/2026 - 07:00
Escucha esta nota

Los prejuicios son esos lentes invisibles que deforman, interpretan, recortan, seleccionan y juzgan. Lo que llamamos “realidad” es, por lo general, una interpretación muy personal desde nuestro sistema de creencias, formas o hábitos culturales. Interpretamos la vida desde nuestras heridas, nuestros miedos y nuestra historia.

Por lo general, detrás de una afirmación prejuiciosa está la creencia de saberlo todo, y es en ese preciso instante cuando dejamos de aprender. El prejuicio es exactamente eso: la renuncia al conocimiento. Es una conclusión adelantada, una sentencia sin juicio, una historia inventada sobre alguien que apenas conocemos.

Dicho esto, debo reconocer que yo provengo de un entorno con todos los octógonos de los prejuicios. Mi familia es alta en prejuicios.

Por ejemplo, para mi tía Eldita (hermana de mi mamá), llegar a los 30 años es sinónimo de soltería eterna y algo hay que hacer para despachar la mercadería en caso de que seas mujer. En caso de que seas hombre, el asunto empeora porque “solterón maduro, maricón seguro”, y así me tuvieron podrido un buen rato hasta que me casé por primera vez a los 33 años.

“Dime con quién andas y te diré quién eres” era el mantra de mi mamá cada vez que salía con un amigo del barrio cuyo único delito era ser alérgico al trabajo. Mi vieja estaba convencida de que, si yo paraba con él, iba a terminar contagiado.

“Árbol que nace torcido jamás su tronco endereza” fue la condena con la que cargó mi primo la primera y única vez que le encontraron un pitito de marihuana a los 16 años. De ahí en adelante corrió mucha agua bajo el puente: estudió en una universidad, ocupó los primeros puestos, se fue becado a estudiar al extranjero, formó una familia, trabaja en un organismo internacional, pero hasta el día de hoy para mis tías sigue siendo un drogadicto porque de esos vicios no se sale nunca.

Tengo una primita que no es necesariamente lo más destacado de la moral. Tiene en su haber dos divorcios por infidelidad y, según lo que ella cuenta a modo de testimonio, Dios tocó su corazón y desde ese preciso instante, registrado hace ocho años, se dedica a ir por el mundo entero predicando, evangelizando, rescatando almas, cuidando ancianos, rehabilitando drogadictos, conversando con internas en los penales, reconvirtiendo putas en santas, y lo hace de manera brillante.

Tal es así que hasta en un documental de Netflix aparece contando cómo es su trabajo. Sin embargo, cada vez que alguien en la mesa del lonche familiar se acuerda de ella, nunca falta el comentario:

—Aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

Poniendo en tela de juicio la reconversión de su vida.

Tengo un tío que entre sus octógonos está el de “alto en envidia” y, producto de ese sellito en su alma, siempre busca bajarse cualquier comentario de alegría, aliento o esperanza de sus hermanos.

Así, en la última mesa familiar en la que participé, fui testigo de su verborreico resentimiento hacia el clan familiar.

Mi tía Maruja contaba llena de orgullo que mi primo había logrado un ascenso en su trabajo y, producto de ello, se acababa de comprar una casa. Claro, tamaño logro entendía que venía acompañado de doble esfuerzo laboral y por ello ya no veía tan seguido a su hijo.

A lo que mi hermoso tío espetó:

—El dinero cambia a las personas.

Y como quien quiere duplicar la apuesta, le agregó una sentencia más:

—Cría cuervos y te sacarán los ojos.

Luego vino el turno de despedazar a otro miembro de la familia que está recientemente divorciado.

Automáticamente, como quien gana el premio mayor de la lotería, se hizo acreedor a un rosario de juicios, cada cual más miserable que el otro, todos saliendo de la misma boca: la de mi tío, que es un humano bastante roto y con poca disposición a reconstruirse. Entonces, para calmar el dolor de sus heridas, lo mejor que tiene a la mano es el juicio sobre lo ajeno.

Dicho esto, me tomé el trabajo de anotar todas sus definiciones sobre los divorciados, las cuales también me caen a mí, siendo yo el dos veces divorciado en esa mesa:

“Si se divorció una vez, se va a divorciar otra, como Carlos Enrique”.

“Algo habrá hecho”.

“Por algo lo dejaron”.

“Las personas divorciadas tienen miedo al compromiso”.

“Los divorciados vienen con demasiados problemas”.

“Nadie se divorcia si realmente amó”.

“Un divorcio es un fracaso”.

“Los hijos siempre terminan pagando el divorcio”.

“Un hombre divorciado busca una enfermera, no una pareja”.

“El matrimonio se arregla, no se abandona”.

“Antes la gente luchaba más por sus relaciones”.

“Los divorciados ya no creen en el amor”.

“Si no pudo con una pareja, no podrá con otra”.

“Los divorciados vienen dañados”.

“Un divorciado siempre compara a la nueva pareja con la ex”.

“Cuando hay un divorcio, alguien tiene toda la culpa”.

“Los divorciados son egoístas”.

“Quien se divorcia no sabe sostener un compromiso”.

“El divorcio destruye una familia”.

Todo ese tsunami de prejuicios en tan solo media hora de raje de mi primo, hasta que llegó mi turno.

Para desgracia mía, mis cuatro tías a la vez me preguntaron:

—¿Y a ti cómo te va, hijito?

A lo que yo, con cautela absoluta, respondí solamente con un brevísimo:

—Ahí, bien.

Y desde su profundo “amor”, mi tío no se aguantó y me regaló las siguientes frases:

“Los artistas son inestables”.

“Los artistas viven en las nubes”.

“Todos los artistas son egocéntricos”.

“Los artistas nunca maduran”.

“Ser artista es no querer trabajar”.

“Los artistas son bohemios y desordenados”.

“Los artistas no sirven para los negocios”.

“Los comediantes hacen chistes porque tienen muchos traumas”.

“La fama se te ha subido a la cabeza”.

“Si fueras inteligente, tendrías una profesión de verdad”.

“Los artistas son complicados”.

“Los artistas son narcisistas”.

“Los artistas no son disciplinados”.

“Los artistas son rebeldes porque no aceptan las reglas”.

“Los artistas son inseguros por naturaleza”.

“Los artistas siempre están en crisis”.

“Es difícil tener una relación con un artista”.

“Todos los artistas son drogadictos o maricones”.

Y la verdad es que, después de escuchar tantas definiciones sobre mi persona y mi ejercicio laboral, atiné a decirle por primera vez, de adulto a adulto, estas dos cosas a mi tío, a quien amo y seguiré amando:

La primera:

El alma prejuiciosa no es un alma mala. Es un alma herida que está evitando volver a sentir dolor. Detrás de cada prejuicio tuyo hay un humano que aprendió a desconfiar y terminó confundiendo esas experiencias dolorosas que lo partieron en un puñado de verdades.

La segunda:

TÍO, ¿POR QUÉ MEJOR NO TE VAS UN RATITO DE PASEO A LA RECONCHA DE TU MADRE Y NOS DEJAS A TODOS EN PAZ?

No soy tan perfecto para merecer un altar ni tan maldito para merecer una condena.

 

PUBLICIDAD
ULTIMAS NOTICIAS
PUBLICIDAD