No importa cuantos artilugios conceptuales, manipulaciones de hechos, citas de decenas de “pensadores” (izquierdistas, claro está, como hace Tanaka), la razón dicta que el fascismo y el nazismo jamás serán de derecha.
La derecha se yergue sobre tres derechos esenciales que son anteriores y superiores al Estado (a todo Estado): vida, libertad y propiedad privada. Cualquier acto que inobserve, matice o enmascare estos derechos son suficientes para que no pueda ni sea calificado como derecha.
La llamada Academia, esa entelequia que está dominada por teóricos izquierdistas y que, curiosamente, ignora a pensadores como Locke, Smith, Rothbard, Hayek, Mises o Escohotado, tiene por objetivo repetir hasta el hartazgo que el nazismo o el fascismo eran de derecha o que esta se subdivide en centro-derecha, derecha o extrema derecha (achacándole a este extremo los regímenes colectivistas y totalitarios del nazismo y el fascismo).
A la luz de los preceptos fundamentales e irrenunciables de la derecha, clasificar al fascismo o al nazismo como parte de esta tradición es una contradicción insalvable y un engaño burdo de los progresistas (izquierdistas, colectivistas, socialistas o comunistas).
El fascismo y el nazismo atacaron furibundamente estos tres preceptos de la derecha, (i) violaron masivamente el derecho a la vida mediante el uso del terror estatal; (ii) anularon toda libertad individual mediante un estado totalitario que controlaba la vida humana; y (iii) subordinaron la propiedad privada a los designios del Estado.
El fascismo y el nazismo fueron y son una forma de colectivismo que, aunque utilizara la prédica nacionalista opuesta al internacionalismo socialista, comparte con este su esencia más abyecta: la anulación del individuo en favor del abstracto colectivo (nación, raza o partido político).