Una cosa es el sufrimiento que vemos, otra el que está detrás… “La procesión va por dentro”. Todos estamos tratando de vivir la vida lo más felices posible, pero lo cierto es que nadie está completamente bien. Quizá la felicidad sea por etapas, por momentos, por rachas… Pero nadie se libra de los duelos, las enfermedades, la muerte…
Y el tema es que en este mundo competitivo y poco empático es difícil mostrarse vulnerable; vivimos la vulnerabilidad como debilidad. Es una pena, porque en realidad es la vulnerabilidad la que alimenta y potencia las relaciones (como bien explica Brené Brown en su TED —muy recomendable— “El poder de la vulnerabilidad”).
Y también está el tema de sentirse culpables por ser felices. “El mundo pesa por la envidia y el odio de la gente que no puede ser feliz”, como dicen los Enanitos Verdes. Por eso, creo que hay que disfrutar al máximo los tiempos felices, porque, insisto, la felicidad es por etapas.
Lo importante es ser amable y tratar de empatizar, porque uno nunca sabe por lo que el otro está pasando, incluso cuando aparenta estar muy bien. Nunca sabemos exactamente lo que los demás están cargando sobre sus hombros, incluso cuando parecen sonreír. Los duelos no son solo la muerte de un ser querido, sino las pérdidas en general. Un divorcio o una separación, por ejemplo, pueden ser tan dolorosos (o más) que la muerte de un ser querido. Como leí el otro día por ahí: “El duelo es cualquier pérdida que nos rompe el corazón”.
Rupturas amorosas, mudanzas, pasar de la niñez a la adolescencia, de la adultez a la adultez mayor, cambios de vida, accidentes, pérdidas económicas, lesiones, enfermedades, etcétera.
O sea, que sé amable, no seas envidioso (porque el que está feliz ahora no lo será por siempre); sobre todo, no seas desconectado cuando te esté yendo bien. Si te está yendo bien, ayuda, comparte y no juzgues. Nunca sabes lo que el otro está sufriendo. La procesión va por dentro.
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