Siendo psicólogo no me deja de sorprender lo difícil que es mantener el “físico” mental. Esta vez usaré como ejemplo el deporte. Me gusta mucho el tenis, desde chico, tanto verlo como jugarlo. Jugaba squash en mi adolescencia y en mis veintes (más vale tarde que nunca) me pasé al tenis porque me di cuenta de que era un verdadero reto para mi psicología. Me encantaba el juego, pero a diferencia del squash (que es bastante más contenido), el tenis fue, desde el inicio, uno de mis mayores retos para poco a poco, muy poco a poco, ir creciendo en lo que llamo fortaleza Yoica. Es realmente un arte difícil de dominar, no solo porque no es un deporte fácil de jugar bien, sino que es muy exigente emocionalmente.
La fortaleza mental es un factor decisivo en todos los deportes, pero en mi caso ha sido el tenis el que más me ha confrontado con mis “demonios”. A la vez, y no exagero, es uno de los aspectos de mi vida que más satisfacción me ha traído, no porque haya llegado a un gran nivel, sino porque la pasión ha podido más que la frustración, y el amor ha sido más grande que el miedo a perder. He visto muchas personas, en esta y otras disciplinas, que han terminado abandonando porque no han podido superar sus inseguridades, y puedo dar fe de que el verdadero ganador no es el mejor en el hobby o afición, sino aquel que más lo disfruta.
Para cerrar, pondré de ejemplo al que para mí ha sido el mejor tenista de todos los tiempos: Roger Federer. Él, salvando las distancias con nosotros los humanos, también fue alguien que trabajó mucho para fortalecer su cabeza (de joven era frágil, no toleraba la frustración, se peleaba con los árbitros, no manejaba bien la presión, se ponía nervioso, etcétera) y terminó siendo lo que todos vimos. No fue de la noche a la mañana. Fue un proceso. Y Federer, que se retiró perdiendo, terminó su carrera diciendo: “Me voy feliz, sobre todo por mi amor al deporte y porque nunca dejé de jugarlo”.