Las condiciones en las que se producen las innovaciones tecnológicas moldean a las personas que intervienen en ellas y utilizan sus resultados. El ser humano que leía libros impresos era muy distinto de quien los leía caligrafiados, o los escuchaba en una ceremonia, leídos por un lector ilustrado. El soporte nunca es neutro: organiza la atención, el tiempo, la autoridad.
La carrera cada vez más intensa e histriónica por un breakthrough en inteligencia artificial deriva en sistemas cada vez más potentes, pero también selecciona y premia a un cierto tipo de persona. Jóvenes brillantes, jornadas interminables, sacrificio personal, disrupción. Claro. Pero también enfatiza características menos obvias —no por ello menos importantes—: nuevas formas de entender el cuerpo, el tiempo, la comunidad y la propia biografía.
Conviene aclararlo desde el inicio: es un ecosistema pequeño, concentrado, casi tribal. Pero lo marginal no siempre es irrelevante.
Sus protagonistas pueden ser desertores estratégicos del sistema educativo superior. Lo abandonan no porque no les alcanza el CI, sino porque el ritmo de aprendizaje que ofrece es demasiado lento en el paisaje tecnológico, su mercado y los capitales en juego. El diploma pierde valor frente a visibilidad, tracción, narrativa, capacidad de ejecución. No es rebelión frente a lo intelectual, sino desacople entre espacios de formación secuencial y otros definidos por la aceleración.
Y una lógica distinta frente al cuerpo y el tiempo. Semanas de 72 horas —modelo 996—, sueño fragmentado y alimentación al vuelo no son anomalías: son requisitos. Funciona mejor en cuerpos jóvenes, con alta tolerancia al desgaste —estándares de atleta de alto rendimiento— y sin interrupciones biográficas significativas. Además de talento, una resistencia que se convierte en condición
de elegibilidad.
Esta lógica ayuda a explicar la sobrerrepresentación masculina. No debida a talento o inteligencia, sino a la recompensa de la disponibilidad total, a la penalización de la pausa. Cuando el éxito exige continuidad ininterrumpida y el sistema castiga las interrupciones —por maternidad, por ejemplo—, se selecciona a quienes significan menores costos biográficos. La desigualdad no nace del genio sino del diseño.
Y el diseño no se limita al cuerpo. También organiza el espacio. Proliferan las hacker houses. Podrían ser residencias colectivas: convivencia, intercambio de ideas, comunidad. Pero no están pensadas para el cuidado, sino para la intensificación.
Vivir juntos, no para descansar, sino para eliminar fricciones: traslados, pausas, vida al margen del emprendimiento. Una mezcla de incubadora y acelerador. La diferenciación entre espacios laborales y personales —puesta a prueba durante la pandemia— se desvanece sin que ningún virus acose. No porque se haya logrado un equilibrio superior, sino porque la vida entera queda absorbida por el emprendimiento. ¿Convivir para vivir mejor? No, para producir más rápido.
El mensaje se decanta: no necesitas instituciones, ni permisos, ni trayectorias largas. Solo exigirte más que nadie y estar dispuesto a darlo todo por indicadores de éxito. El agotamiento se convierte en mérito. La extenuación en prueba de compromiso.
Este modelo del genio exhausto no es nuevo. Tiene precedentes: los laboratorios de Los Álamos durante el Proyecto Manhattan, ciertos círculos artísticos bohemios del siglo XX, incluso formas específicas de vida monástica medieval. Pero lo que distingue a esta versión es su escala potencial y su capacidad de contagio cultural. No se trata de un grupo aislado de científicos bajo presión bélica o de artistas en los márgenes, sino de un ecosistema con enorme poder de irradiación mediática y económica.
El sistema no selecciona solo talento, también tolerancia al desgaste. Y cobra una factura pesada en salud, vínculos, horizonte vital, capacidad de pausa. El burnout no es excepción, sino consecuencia estructural justificada por algunos pocos resultados extraordinarios.
No se trata únicamente de nuevas tecnologías, sino de la posible consolidación de un modelo de persona exitosa: joven, disponible, acelerado, que trata su cuerpo como recurso y su biografía como obstáculo minimizable, adaptado a un entorno que convierte la velocidad en sentido y valor.
Repetimos: ese ecosistema es reducido. No está en los manuales de liderazgo ni en MBA tradicionales. Pero las tecnologías no suelen nacer en mayorías. El internauta existió mucho antes de que Internet fuera masivo. Primero, subcultura, después norma. Cambia lo que hacemos, pero también lo que admiramos, lo cual termina organizando incentivos, carreras, aspiraciones.
La pregunta, entonces, no es solamente qué tecnologías estamos construyendo. También qué tipo de ser humano estamos empezando a considerar ejemplar. Y si ese modelo —tan eficaz en el corto plazo— es sostenible no solo para los sistemas que promete crear, sino para las vidas que moldeará.