Hay a quienes sorprende que el candidato Roberto Sánchez no acepte los resultados de la elección en que es derrotado. Yo no creo que tenga la convicción de que efectivamente ha habido un fraude, que a estas alturas ya se habría agotado la terquedad y los argumentos habrían tenido que ceder, sino que tal vez crea que le conviene decirlo y apostar a que alguna audiencia lo respaldará.
Si su ascenso político está basado en el sombrero de Castillo, es natural pensar que es ese sector de peruanos que votan de manera identitaria los que son la base que quiere mantener, y si ellos piensan que Castillo fue víctima de golpe, por qué no habrían de creer que a Sánchez le hicieron golpe. Si lo que busca mantener es representar ese espacio de la política, tal vez gritar golpe, aunque varios de sus compañeros de segunda vuelta ya se distancien por dicha actitud, no sea tan tirado de los pelos.
Esa intención, de ser la explicación de su tozudez en el tema, depende de que a Castillo no lo indulten, porque para ese grupo de peruanos es preferible tener el original al bamba. Pero la probabilidad de un indulto es baja, aun cuando haya sido sugerido por Nieto, y Sánchez tiene cierta predisposición para apropiarse de partidos ajenos, como Yehude Simon puede atestiguar. No sería la primera vez que busca robar espacios políticos.
Si alguna característica ha demostrado Sánchez es su extrema flexibilidad política. Su posición frente a Antauro Humala es gimnasia acrobática como mínimo. Y también hizo gala de su flexibilidad y poca lealtad en su reacción durante y después del golpe de Castillo. Castillo le entregó el sombrero a cambio de cuotas de poder, incluyendo las candidaturas de su hermano José Mercedes Castillo a senador y su cuñada Yenifer Paredes a diputada. Ambos obtuvieron importantes votaciones, pero no necesariamente le van a quitar espacio y liderazgo a Sánchez, quien es apoderado y representante legal de Juntos Por el Perú, partido que recibirá financiamiento del Estado, tal como lo recibió Perú Libre en su momento.
La credibilidad de Sánchez en el ambiente político está muy deteriorada y su rechazo al resultado electoral lo perjudica, pero tal vez su apuesta sea por el electorado castillista, que es principalmente identitario y que está harto de la política. Esos electores se sienten excluidos y solo creen que pueden ser representados por alguien que sea similar a ellos. Mientras Castillo no esté disponible ni surja otro liderazgo que compita por el mismo espacio, Sánchez puede creer que puede ser su representante.
Hasta el momento no parece que José Mercedes Castillo tenga madera de líder, pero habría que esperar a ver qué potencial tiene Yenifer Paredes. El año y medio que duró el gobierno de Castillo fue tiempo suficiente para que Paredes no solo interviniera para priorizar obras específicas, sino para que su construcción concluyera, aunque no prestara servicio efectivo alguno. Si uno toma la fecha del reportaje que denunció el hecho y retrocede el tiempo necesario para que esa obra se construya, solo es posible concluir que se dedicó a estos casos desde el inicio del gobierno de Castillo. Lenta no es.
Así que la terquedad y sinrazón de Sánchez pueden estar basadas en intentar mantener la categoría de don alguien en el electorado castillista, aunque eso le cueste ser don nadie en el mundo político medianamente enterado, calificación que ya es inevitable.
Todavía falta ver el comportamiento de las bancadas en el Senado y la Cámara de Diputados de casi todos los partidos, solo se sabe qué esperar de Fuerza Popular y Renovación Popular, aunque este último puede ser muy distinto si López Aliaga o Norma Yarrow lideran la bancada. Si a López Aliaga se le cierra la puerta de candidatear a teniente alcalde, sabe Dios si no prefiere aceptar ser senador. Su carácter no ayuda en nada en el trajín parlamentario, donde es necesario llevarse medianamente bien con todo el mundo, porque salvo ir al baño, todo requiere un mínimo de consenso.