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La dinastía Fujimori

“Ya no tendrá delante un gobierno al cual responsabilizar de los problemas del país. Ahora será el gobierno".
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Fecha actualización:
27/07/2026 - 07:00
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Hace poco más de veinticinco años, el régimen de Alberto Fujimori se derrumbó con su fuga al Japón. Después sería extraditado y condenado por corrupción y graves violaciones de los derechos humanos. Parecía el final de una experiencia política. No lo fue. El 28 de julio, su hija volverá a Palacio de Gobierno. El fujimorismo demuestra así una capacidad de supervivencia inusual en la política peruana.

Pero el retorno tiene una particularidad. Fuerza Popular es el único partido dinástico del país. Alberto Fujimori nunca creyó en los partidos. Gobernó con vehículos electorales creados para cada elección. Fue Keiko Fujimori quien organizó una estructura partidaria nacional, disciplinó a sus dirigentes y mantuvo cohesionada una corriente política durante un cuarto de siglo. Sin embargo, esa organización nunca dejó de depender de un apellido. Keiko llegó al liderazgo por ser Fujimori. Kenji, en su momento, pudo disputárselo por la misma razón. Ningún otro dirigente logró convertirse en una alternativa real. La legitimidad del liderazgo no proviene de una trayectoria partidaria ni de una competencia interna, sino de la pertenencia a una familia política.

Las dinastías políticas no son desconocidas en el mundo. Lo singular del caso peruano es que esta regresa al gobierno después del colapso de un régimen autoritario. Esa historia acompaña inevitablemente al nuevo gobierno. No se trata de responsabilizar a la hija por los actos del padre, sino de reconocer que el capital político que la llevó a la presidencia proviene de la misma experiencia que dividió al país durante décadas. El apellido constituye, al mismo tiempo, su principal fortaleza política y la fuente permanente de las mayores resistencias que despierta el fujimorismo.

Sin embargo, el apellido explica el liderazgo; no garantiza el éxito del gobierno. Durante la última década el fujimorismo, liderado por Keiko Fujimori, ejerció gran parte del poder desde el Congreso. Debilitó al Ejecutivo, modificó el equilibrio entre los poderes del Estado, capturó progresivamente instituciones de control y contribuyó al deterioro institucional que hoy la propia presidenta electa describe como “catastrófico”. Allí reside la primera paradoja de su gobierno. Recibe un Estado cuya precariedad denuncia, pero que el fujimorismo ayudó decisivamente a configurar.

Gobernar, sin embargo, es distinto. Desde la oposición podía atribuir responsabilidades a otros. Desde el Congreso podía bloquear, censurar o condicionar gobiernos. Ahora el margen para trasladar responsabilidades desaparece. La dinastía Fujimori regresa a Palacio. Ya no tendrá delante un gobierno al cual responsabilizar de los problemas del país. Ahora será el gobierno.

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