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Italia: cómo un país rico dejó de crecer

"La OCDE plantea una idea simple pero potente: levantar las barreras al crecimiento de las pequeñas empresas y promover la innovación son claves para recuperar la productividad".

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César Burga
"Durante años, Italia logró esconder sus debilidades gracias a su riqueza acumulada, su prestigio industrial y su capacidad exportadora. Pero, cuando la productividad deja de crecer, tarde o temprano el país pierde dinamismo".
Fecha actualización:
24/05/2026 - 07:00
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Una reciente película italiana (1) me hizo recordar un evento que paralizó Italia. El 16 de marzo de 1978, las Brigadas Rojas, grupo de extrema izquierda, secuestraron a Aldo Moro, líder del partido Democracia Cristiana. En el atentado murieron sus cinco guardaespaldas. Moro permaneció cautivo durante 55 días. Finalmente, fue asesinado y su cuerpo apareció dentro de un auto estacionado simbólicamente entre las sedes de la Democracia Cristiana y del Partido Comunista Italiano.

Muchos italianos consideran que ese crimen marcó el inicio del fin de una época. Moro intentaba construir el llamado “Compromiso Histórico”: una aproximación entre la Democracia Cristiana y el poderoso Partido Comunista Italiano, en plena Guerra Fría. Su idea era estabilizar políticamente Italia y evitar una radicalización mayor. Pero el país ya vivía los llamados “Años de Plomo”: terrorismo, polarización ideológica, violencia política y miedo.

Lo que vino después fue una larga erosión de la confianza en el sistema político italiano. Durante años, Italia siguió creciendo y manteniendo industrias sofisticadas, pero la política comenzó a complicarse aún más. Diversos gobiernos débiles, el clientelismo y la corrupción fueron desgastando lentamente al país.

En los años noventa ocurrió el gran terremoto político: la operación Mani Pulite destapó la existencia de enormes redes de corrupción. Toda la vieja clase política de la llamada Primera República colapsó. La Democracia Cristiana desapareció y millones de italianos quedaron convencidos de que el sistema entero estaba podrido.

En ese vacío apareció Silvio Berlusconi. Este empresario, dueño de medios de comunicación y personaje extravagante, transformó completamente la política italiana. La volvió más mediática y personalista. Dominó buena parte de la vida pública italiana durante casi dos décadas. Pero, detrás del espectáculo, los problemas estructurales siguieron acumulándose.

Italia seguía siendo una potencia industrial. Ferrari, Prada, Luxottica, Pirelli o Barilla continuaban mostrando al mundo la sofisticación productiva italiana. El norte del país seguía teniendo clusters industriales comparables con los mejores de Europa. Sin embargo, la economía comenzó lentamente a perder dinamismo.

El reciente reporte OECD Economic Surveys: Italy 2026 (2) describe muy bien esta paradoja. Italia no es un país colapsado. Sigue siendo rico, exportador y altamente industrializado, pero lleva más de veinte años creciendo muy poco. La OCDE proyecta apenas 0.4% de crecimiento para 2026 y 0.6% para 2027.

El problema central, según el reporte, es la productividad. Italia tiene empresas extraordinarias, marcas globales y una gran tradición industrial, pero su productividad laboral lleva años rezagada frente a otras economías avanzadas.

Aquí aparece uno de los puntos más interesantes del informe de la OCDE: Italia tiene demasiadas empresas pequeñas que no logran crecer. El problema es que, en la economía actual, ser pequeño también puede convertirse en una trampa. La OCDE señala que las micro y pequeñas empresas representan más del 60% del empleo en Italia, frente a alrededor de 40% en Francia y Alemania. Muchas son buenas en su nicho de mercado, pero tienen menos escala, menor capacidad de inversión, menos acceso a tecnología, menor poder para atraer talento y más dificultades para financiar innovación.

La OCDE plantea una idea simple pero potente: levantar las barreras al crecimiento de las pequeñas empresas y promover la innovación son claves para recuperar la productividad. ¿Qué barreras? Regulaciones complejas, costos de cumplimiento tributario, dificultades para cerrar o fusionar empresas, mercados de capitales poco profundos y baja disponibilidad de capital de riesgo.

El otro cuello de botella es la innovación. Italia invierte poco en investigación y desarrollo: 1.4% del PBI, frente a un promedio OCDE de 2.7%. Además, las empresas grandes —que son menos del 24% del empleo— concentran más del 44% del gasto empresarial en I+D. La lectura es clara: cuando faltan empresas grandes y dinámicas, también falta inversión en tecnología, patentes, digitalización, inteligencia artificial y nuevos procesos productivos.

Italia tiene universidades, científicos y capacidades técnicas de primer nivel, pero le cuesta convertir ese conocimiento en innovación empresarial masiva. Por eso, el informe de la OCDE insiste en fortalecer los vínculos entre universidades, centros tecnológicos y empresas, especialmente pequeñas y medianas.

También hay un problema de gestión. Muchas empresas familiares italianas han sobrevivido gracias al talento de sus fundadores, pero no siempre dan el salto hacia una administración profesional.

El informe también pone énfasis en un problema humano y social: Italia envejece rápidamente mientras muchos jóvenes emigran o quedan fuera del mercado laboral. El porcentaje de jóvenes (20-24 años) que ni trabajan ni estudian es de 22-23%, uno de los más altos de Europa, donde el promedio es 13-14%. Los salarios crecen poco, abundan los contratos temporales y muchos jóvenes permanecen viviendo con sus padres hasta edades avanzadas.

A esto se suma un nuevo cuello de botella: la energía. Italia depende fuertemente del gas importado y los altos precios eléctricos están afectando su competitividad industrial. Paradójicamente, el país tiene enorme potencial solar y eólico, pero los proyectos enfrentan lentos procesos regulatorios.

En ese contexto apareció, primero, Matteo Salvini (2018) con un discurso duro sobre inmigración, identidad nacional y seguridad. Pero quien finalmente consolidó a la nueva derecha italiana fue Giorgia Meloni (2022). Su ascenso refleja el cansancio acumulado de una sociedad golpeada por décadas de bajo crecimiento, fragmentación política y sensación de decadencia nacional.

Una vez en el poder, Meloni ha sido más pragmática de lo que muchos esperaban. No ha roto con la Unión Europea ni ha impulsado aventuras económicas extremas. La propia OCDE indica que está implementando medidas tales como una gradual consolidación fiscal, continuidad parcial de las reformas impulsadas por el ex primer ministro Mario Draghi (2021-2022)  y esfuerzos por mejorar la productividad, el empleo y la energía.

¿Y qué lecciones deja Italia para el Perú?

La primera es que el crecimiento económico no puede darse por garantizado. Italia muestra que un país puede industrializarse, hacerse rico y alcanzar altos niveles de bienestar, y aun así entrar en una etapa de estancamiento.

La segunda es que la productividad importa más de lo que solemos creer. Durante años, Italia logró esconder sus debilidades gracias a su riqueza acumulada, su prestigio industrial y su capacidad exportadora. Pero, cuando la productividad deja de crecer, tarde o temprano el país pierde dinamismo.

La tercera enseñanza es especialmente relevante para el Perú: las pequeñas empresas deben tener las condiciones para crecer. En el Perú hablamos mucho de formalización, pero menos de crecimiento empresarial. Formalizar es importante, pero no basta. Una empresa formal que sigue siendo pequeña, poco productiva y sin acceso a tecnología seguirá generando empleos de baja calidad. (3)

 

 

1. Il Falsario. Netflix. 2025.

2. OECD (2026), OECD Economic Surveys: Italy 2026, OECD Publishing, Paris.

3. El Banco Mundial ha analizado ampliamente este problema para el caso peruano. Ver: “Peru: Seizing Opportunities for Growth and Prosperity”. 2025. International Bank for Reconstruction and Development.

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