Hoy es cada vez más común ver estudiantes usando ChatGPT para hacer tareas, resumir textos o encontrar ideas en segundos. Y aunque eso puede parecer una ventaja, también abre una pregunta que preocupa cada vez más a familias y colegios: ¿estamos usando la inteligencia artificial para aprender o para depender de ella?
La IA llegó a las aulas mucho más rápido de lo que imaginábamos. Y, como ocurrió antes con el internet o los celulares, el debate ya no está en si debemos usarla o no, sino en cómo aprendemos a convivir con ella.
La Unesco señala que la inteligencia artificial puede ayudar a personalizar el aprendizaje, facilitar el acceso a información y apoyar a estudiantes con diferentes ritmos de aprendizaje. Bien utilizada, puede convertirse en una herramienta valiosa dentro y fuera del aula.
Pero también existen riesgos. La OCDE advierte que el uso excesivo de IA puede generar una “falsa sensación de aprendizaje”: estudiantes que entregan trabajos correctos, pero sin comprender realmente lo que hacen. Porque aprender no es solo encontrar respuestas rápidas, sino desarrollar pensamiento crítico, creatividad y capacidad de análisis.
La preocupación no es menor. Diversos estudios internacionales ya alertan sobre dificultades crecientes en comprensión lectora, concentración y resolución de problemas en adolescentes. Incluso investigaciones sobre el llamado “Efecto Flynn” muestran que el aumento progresivo del coeficiente intelectual entre generaciones se ha desacelerado en varios países durante los últimos años.
Y quizá ahí está el verdadero reto. La inteligencia artificial responde rápido, organiza información y simplifica tareas, pero no reemplaza algo fundamental: nuestra capacidad de pensar, cuestionar y reflexionar. Por eso, el desafío para familias y colegios no debería ser prohibir la IA, sino enseñar a usarla con criterio. Porque, así como puede convertirse en una gran aliada para aprender, también puede generar dependencia si dejamos que piense por nosotros.
Tal vez la gran pregunta para esta generación no sea cuánto sabe usar la inteligencia artificial, sino cuánto puede seguir pensando sin ella.