¿Qué hace un joven cuando el mapa ya no sirve? Cada vez más egresan no con títulos, sino con preguntas y desconcierto. ¿Hacer ajustes en su formación profesional, añadir una capacitación, cambiar, como se dice, de giro? No hay equivalentes de las mejores aplicaciones para encontrar direcciones o parejas. La brújula gira sin rumbo. La inteligencia artificial acelera, los mercados laborales mutan, las guerras regresan, el clima amenaza y las certezas se evaporan. ¿“Plan de vida”, “línea de carrera”? Ja, ja, ja, … más bien una serie de experimentos fallidos, con el algoritmo de LinkedIn como oráculo profesional.
¿Qué hacer en medio de una incertidumbre que no parece episódica, sino estructural? La respuesta puede parecer contraintuitiva: cultivar la curiosidad.
La curiosidad no es una frivolidad infantil ni un rasgo de personalidad simpático. Desde una perspectiva neurocientífica, es una habilidad cognitiva esencial para la adaptación. Bien entrenada, transforma el modo en que enfrentamos lo nuevo. Al activarse, dispara dopamina (sí, la molécula del placer anticipado) y enciende zonas del cerebro asociadas con la memoria y el aprendizaje. Lo más interesante: aumenta la neuroplasticidad, es decir, la capacidad del cerebro para reconfigurarse.
La curiosidad, entonces, es una especie de superpoder evolutivo: nos ayuda a tolerar lo desconocido sin que cunda el pánico. Mientras el miedo activa la amígdala —el centro de alarma del cerebro— y desconecta la corteza prefrontal, que es la encargada de planear, razonar y tomar decisiones, la curiosidad permite que esta última regrese al escenario. Es como tender un puente entre el sistema rápido e impulsivo y el sistema lento y reflexivo descritos por Daniel Kahneman. El premio nobel de economía, quien —literalmente— nos dejó hace poco, lo hizo con la misma elegancia intelectual con la que vivió: asumiendo el fin, el no estar, el no despertar, con una actitud curiosa, recurriendo a la muerte asistida.
Cuando la corteza prefrontal y la amígdala colaboran; cuando lo emocional y lo racional se dan la mano, lo que parecía una amenaza paralizante puede convertirse en una oportunidad de reinvención.
Esto no significa romantizar la incertidumbre. Significa usarla como materia prima. Preguntarse “¿qué podría aprender aquí?”, no es ingenuidad, sino estrategia. Documentar lo que no entendemos, hacer experimentos en pequeño, hablar con personas fuera de nuestra burbuja, decir “no sé todavía” sin vergüenza, son modos prácticos de entrenar esa curiosidad que puede hacer del caos un laboratorio.
Pero atención: la curiosidad no es infinita. El estrés crónico, la precariedad sostenida, el miedo constante la apagan. Por eso, cultivarla también requiere condiciones: espacios de reflexión, tolerancia a la ambigüedad, prácticas educativas basadas en preguntas abiertas y redes que amortigüen el impacto del error y el fracaso.
El sistema debe acompañar. Pero mientras tanto, cada uno puede empezar a hacerse una pregunta poderosa: ¿qué pasaría si, en vez de resistirme, me dejara asombrar? En un mundo donde ya no podemos prometer certezas, enseñar a ser curiosos es quizás el mejor regalo que podemos dar. Porque no hay plan de vida sin plasticidad. Y no hay plasticidad sin curiosidad.
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