“No eres tú, soy yo”, dijo Roberto Sánchez y sus palabras se estrellaron contra el rostro rígido de Antauro Humala.
A su alrededor, en el resto del salón del restaurante, los otros comensales parecían no estar interesados en conversación ajena, pero, con el mayor disimulo posible, más de uno los miraba de reojo y hasta alargaban ligeramente el cuello para tratar de pescar alguna palabra en el aire.
El encuentro entre ambos personajes se logró gracias a una iniciativa de Sánchez. Antauro fue el primero en llegar al restaurante. La joven que recibía y acomodaba a los clientes, lo reconoció. Le dio una sonrisa de circunstancia y le pidió que la siguiera. Humala vio con sorpresa cómo atravesaron un par de salones y varias mesas vacías antes de terminar en la más apartada de todas.
—¿Por qué me trajo hasta aquí? Parece que me estuviera escondiendo.
—No, señor Humala —se apresuró a responder—. No es cosa mía. Cuando hicieron la reserva pidieron específicamente esta mesa.
Antauro arrugó la frente, dio una mirada a las mesas y los comensales más próximos y se sentó a esperar. Pasaron diez minutos antes de que viera llegar a Sánchez vestido de civil.
—¿Y tu disfraz de Castillo? —preguntó Antauro, luego de saludarse.
—Ahí lo dejé. ¿Puedes creer que cuando me visto como siempre me he vestido, no me reconoce nadie?
—Te creo. ¿Y ahora no quieres que te reconozca nadie?
—Siempre es bueno un respiro.
—¿O es que no quieres que te reconozcan justo estando conmigo?
Un mozo apareció, de súbito, con una premura tal que cualquiera diría que lo habían estado llamando a gritos. Se presentó, les dio las cartas de la comida y de las bebidas, y se quedó de pie, a un lado, esperando instrucciones.
—¿Qué cosa estás esperando? —le dijo Antauro —. ¿Quieres escuchar nuestra conversación? ¿De qué medio eres?
—Será mejor que te retires. Nosotros te avisamos —dijo Sánchez y el mozo huyó hasta perderse entre las mesas—. Antauro, te pido, por favor, que guardes la calma.
—Yo estoy calmado. Si estuviera alterado te aseguro que te darías cuenta. Bueno, te hice una pregunta y no me has respondido.
—¿Cuál pregunta?
—Que si has venido así porque no quieres que te vean conmigo.
—Cómo dices eso, Antauro. ¿Acaso te hubiera dicho para cenar aquí si no quisiera que me vieran contigo? O sea, no es que me muera de ganas tampoco, pero, normal. No tengo ningún problema.
—¿Y por qué reservaste esta mesa precisamente?
—¿Esta mesa? No, yo hice una reservación nomás. Ni idea de por qué nos pusieron aquí.
—Voy a preguntarle a la chica que me trajo —dijo mientras se levantaba.
—No, no, siéntate nomás. ¿Para qué tanta cosa? Ya olvídate de eso.
Antauro entrecerró los ojos y obedeció. Luego de sentarse, empezó a mover la cabeza de arriba a abajo, como si estuviera afirmando algo.
—¿Sabes qué, Roberto? Estoy empezando a sospechar que no me has llamado para probar la comida de aquí?
Sánchez movió el cuello a un lado y al otro, como para liberar tensión. Se inclinó hacia adelante, apoyó los codos sobre la mesa y dejó caer sus manos sobre ella. Entonces, respiró profundo y concentró su mirada en Antauro.
—Antauro, tenemos que hablar.
El líder del etnocacerismo abrió los ojos de golpe.
—¿A qué te refieres, Roberto?
Sánchez alzó las cejas e inclinó ligeramente el rostro.
—No eres tú, soy yo.
—¿Qué carajo me quieres decir? ¿Estás rompiendo nuestra alianza?
—Antauro, por favor, ya te dije. No te alteres.
—Y yo ya te dije que no estoy alterado. Pídele a Velasco que nunca me veas alterado.
—¿A Velasco? ¿No será a Dios?
—Adiós es lo que estás tratando de hacerme, ¿no? Claro, al comienzo, todo bien, que el Andahuaylazo por aquí, que el Andahuaylazo por allá, que te solidarizas conmigo, que me metieron preso de manera injusta, que…
—Por favor, habla más bajo.
—Yo hablo como chu…
—Antauro, por favor —dijo Sánchez mientras las conversaciones cercanas callaron de pronto.
—¿Por favor, qué?
—Por favor, trata de entender. Las cosas ya no son como antes. Necesito mi espacio.
—¿Tu espacio? Y justo necesitas tu espacio después de la primera vuelta. Porque antes no necesitabas tu espacio. Antes andábamos juntos arriba y abajo. Me decías que yo era el mejor aliado que habías tenido en tu vida. Y claro, como ya obtuviste de mí lo que querías.
—¿Qué cosa obtuve de ti?
—¿Me estás preguntando qué cosa obtuviste de mí? ¿Es en serio? ¿Te parece poco un millón de votos?
—Ese cálculo es excesivo.
—Excesivo es todo lo que hice por ti. Pero ni creas que me voy a quedar tan tranquilo. No solo vas a perder todos mis votos, sino que te voy a hacer una contracampaña que no tienes idea. Los etnocaceristas somos leales con los leales, pero no toleramos la traición. ¿Ahora con quién te vas a ir? Dime, ¿con quién? ¿Con López-Chau? ¿Te vas con él? ¿Me dejas porque López-Chau te ha condicionado su apoyo? ¿O te vas con Álvarez, con ese que me imita como si yo fuera un marihuanero?
—Antauro, pero tú sí…
—¿O me vas a dejar por Belmont? Con él te vas, ¿no? ¿Qué te ha prometido el ‘hermanón’? ¿Que sus espartanos van a votar por ti? ¿Eso te ha prometido? ¿Y tú crees en verdad que esa gente va a votar por ti? Es verdad que si votaron por Belmont pueden votar por cualquiera. No puedo creer que me dejes por ese viejo estafador. No puedo creer que…
—Antauro, Antauro, por favor. No hay otra persona. Simplemente, no te veo en un futuro conmigo.
Antauro golpeó la mesa con la mano y levantó la voz.
—¡Futuro no vas a tener si te atreves a dejarme!
Sánchez miró a las otras mesas y se encontró de frente con las miradas de los comensales. Incómodo, movió la cabeza con resignación.
—Vamos, Antauro. No me hagas una escena. Sé razonable. Tengo que dar la imagen de serenidad para ganar las elecciones.
—¡Ya me habían dicho! ¡No te metas con sanborjinos que se creen chotanos y usan sombrero ajeno! Eso me pasa por creer en las alianzas políticas. Debimos haber firmado un acuerdo, un papel, cualquier cosa para poder reclamarte. Para poder decir que..
—Ya, ya, Antauro. Olvídalo. No he dicho nada. Olvídate de todo lo que te he dicho.
—¿En serio?
—En serio.
—¿Todo bien entre nosotros?
—Claro, ¿qué importa lo que digan los demás? La alianza política sigue. Perdóname, yo solo quería que te alejes para dar la imagen de que somos una propuesta sensata, viable.
—No es necesario hacer nada de eso. El etnocacerismo es la principal fuerza electoral del país. No necesitas más.
—Si tú lo dices.
Antauro asintió con la cabeza y, rápidamente, recuperó el temple. Cogió la carta de comidas que había dejado a un lado y empezó a barrer los nombres con la mirada. Luego, lanzando su mirada por el local, susurró: “¿Dónde estará ese mozo cuando se le necesita?”