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DE MENTES Y RECUERDOS

Hacer, saber, gozar

"Quien solo quiere poder, sin saber ni placer genuino, termina en la prisión o conduciendo una autocracia por un tiempo. Quien solo quiere saber, sin acción ni vivencia, termina en la parálisis o, peor, en la dictadura del que cree que comprender es suficiente para mandar".

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 Hacer, saber, gozar roberto lerner
Columna por Roberto Lerner. (Foto: Midjourney/Perú21)
Fecha actualización:
04/04/2026 - 07:10
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Hay una palabra que recorre los pasillos de las mecas corporativas y tecnológicas: agéntico. Serlo es hacer que las cosas pasen. Su opuesto —mimético, reactivo, contemplativo— es, en los nuevos diccionarios que supuestamente definen el futuro, una forma elegante de ser nadie.

La palabra tiene historia. En las ciencias psicológicas y sociales designa la capacidad humana de influir sobre el propio destino. El lugar del control (locus de control) está en la persona, no fuera de ella. Silicon Valley la tomó, depuró y convirtió en la glorificación del hacer como virtud suprema. ¿Qué se hace, por qué se hace, cómo se hace, con qué consecuencias se hace? Preguntas no agénticas, ociosas, síntomas de debilidad.

Justo cuando los humanos celebran la acción pura y eficaz, sus máquinas la están perfeccionando. Los agentes de inteligencia artificial —el gran tema de la actualidad— son exactamente eso: hacen sin comprender, ejecutan sin saber, alteran el curso de los acontecimientos sin experimentar nada parecido a placer ni dolor por los resultados. El ideal agéntico llevado al extremo.

El problema es que ese vector de una sola dimensión no describe el futuro de la inteligencia, sino su amputación.

Permítaseme un rodeo. Desde hace cientos de miles de años, los humanos integramos en cada acto significativo tres dimensiones que evolucionaron juntas porque la selección natural castigó con brutalidad cualquier disociación entre ellas. La primera es poder: lograr que pasen cosas, controlar los acontecimientos. La segunda es saber: construir hipótesis sobre la realidad, darle sentido, proyectar el futuro. La tercera es placer: la calidad de la experiencia, la recompensa que hace que algo valga la pena.

El cazador del Pleistoceno que salía al amanecer no era un agente de IA. Actuaba, sí, pero sobre la base de una hipótesis —dónde estará el animal, cómo se mueve la manada, qué anuncia el viento— y orientado hacia una recompensa que no era solo calórica, era rica o evitaba el dolor. Las tres dimensiones viajaron juntas a través de milenios porque ninguna funcionaba sin las otras dos.

Hace muy poco, con la agricultura y el sedentarismo, la civilización trajo consigo las patologías de la disociación a escala colectiva, con todas las distopías disfrazadas de utopías justicieras que nos ofrece la historia. El megalómano, el soñador especulativo o el ocioso sensual del Pleistoceno, simplemente no vivían lo suficiente.

Quien solo quiere poder, sin saber ni placer genuino, termina en la prisión o conduciendo una autocracia por un tiempo. Quien solo quiere saber, sin acción ni vivencia, termina en la parálisis o, peor, en la dictadura del que cree que comprender es suficiente para mandar. Quien solo busca placer sin las otras dos dimensiones, cae en alguna forma de adicción; o quiere eliminarlo para sí y para los demás, y deriva en un puritanismo radical. Son extremos psicológicamente pobres e históricamente peligrosos.

Eisenhower, que sabía de acción más que cualquier gurú corporativo, pensaba que los planes son inútiles —terminan en un basurero—, pero que el planeamiento lo es todo —quien no tiene planes que arrojar y descartar, termina en el vertedero de la historia—, que la capacidad de actuar bien no está en el acto sino el proceso que lo precede y lo orienta.  

Faltan pocos días para que los ciudadanos peruanos votemos. Un tercio del electorado no sabe por quién votar. ¿Por qué? Porque se le ha ofrecido dos versiones del mismo vector empobrecido. El que sabe —o así se presenta— sin convicción de que el saber sirve para guiar la acción; y el que actúa —o así promete— sin hipótesis clara sobre la realidad que pretende transformar. En ambos casos, el ciudadano no recibe nada, ni siquiera ilusión. Hasta ahora la recompensa nunca ha llegado, siempre ha sido diferida.

Un electorado que lleva décadas recibiendo displacer y desilusión no es irracional cuando desconfía de los que saben y de los que prometen hacer. Es un electorado que ha aprendido, por experiencia repetida, que el vector de una sola dimensión no llega a ningún lado. La solución no es elegir entre saber y hacer. Es recuperar la integración que la especie tardó trescientos mil años en construir y que ciertos políticos —y ciertos ingenieros— están empeñados en desmantelar. Y que en el fondo tiene que ver con asumir las consecuencias de planes y acciones, sin lugar para la impunidad.

La inteligencia artificial más sofisticada del momento puede leer los resultados de análisis médicos, redactar un contrato y hasta gestionar una campaña electoral, sin entender nada de lo que hace ni importarle el resultado. Es, en ese sentido, el candidato perfecto para este momento. Lástima que no esté en la papeleta. O quizás sí, con otros nombres. 

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