Somos el resultado de las palabras que usaron con nosotros. Cada miedo, cada duda, cada sensación de insuficiencia, cada “no puedo”, “voy a fallar”, “nadie me va a querer”, “a nadie le importo”, “no sirvo para esto”, son producto de lo que nos dijeron de chicos. Sin capacidad alguna para cuestionarlas, sin filtro disponible, frases como “eres difícil”, “los niños no lloran”, “nunca haces nada bien”, “todo el día te portas mal”, día a día, repetición a repetición, se fueron convirtiendo en definiciones captadas por nuestro sistema nervioso como identidad.
Las palabras no describen únicamente nuestra realidad, también la construyen. Las palabras no son sonidos inofensivos; son, más bien, estímulos que impactan en nuestros circuitos neuronales al punto de modificarlos. Las palabras también son experiencias emocionales. Son instrucciones claras y directas para nuestro cerebro.
En el caso de nuestros hijos, serán semillas que iremos sembrando y que definirán, más adelante, cómo se relacionarán consigo mismos. El cerebro de los niños no logra distinguir lo que es un comentario de lo que es una verdad. Hay un par de ondas cerebrales (theta y delta) asociadas a la receptividad que son las que funcionalmente predominan durante la infancia y resultan sumamente receptivas, favoreciendo el aprendizaje. Por eso es tan fácil para un niño aprender idiomas, reglas sociales, emociones, pero, sobre todo, creencias.
Un niño no tiene capacidad de interpretación ni de análisis. Más bien, absorbe e incorpora todo con mucha facilidad. Es por eso que, cuando escucha “qué inteligente eres”, “no sirves para esto”, “eres igual que tu padre”, “eres un problema”, “eres el orgullo de esta familia”, todas esas frases las integra como parte de su identidad y, desde ahí, interpretará el mundo.
Los niños les creen absolutamente todo a sus padres porque, desde su interpretación, ellos representan la realidad. “Lo creo porque mi papá lo dice; si mi papá o mi mamá lo dicen, es cierto”. La necesidad de creerles absolutamente todo es una necesidad de supervivencia. El recién nacido, al no poder alimentarse ni protegerse por sí mismo, desarrolla como mecanismo de supervivencia asumir que sus cuidadores tienen la razón, no porque siempre la tengan (cosa que irá descubriendo con los años), sino porque cuestionarlos pondría en peligro el vínculo del que depende para vivir. Por eso, cuando ya están más seguros y comienzan a experimentar sus primeros pasos de independencia durante la adolescencia, es cuando nos comienzan a refutar.
Hoy la neurociencia nos viene demostrando que nuestro cerebro puede generar nuevas conexiones neuronales, nuevas carreteras, mediante la repetición constante. Eso se llama neuroplasticidad. Cada vez que escuchamos algo que nos emociona intensamente, nuestro cerebro segrega neurotransmisores. Si lo que escuchamos nos hace sentir seguros, acto seguido aumentará la oxitocina (confianza) y se reducirá el cortisol (estrés), mejorará nuestro aprendizaje y se fortalecerá la corteza prefrontal. Es decir, un mensaje positivo me hace sentir confiado, seguro, amado; hace que disminuya el miedo y, por ende, el conocimiento o aquello nuevo por integrar sea más fácil de asimilar y, finalmente, pueda anclarse.
En un escenario donde las palabras me conectan con el miedo, ocurrirá todo lo contrario. Aumentará mi cortisol, se activará la amígdala cerebral (detector de amenazas), disminuirá mi creatividad, mi memoria de trabajo se irá al piso y mi cuerpo se contracturará; es decir, entrará en modo supervivencia. En resumen, me pondré bruto.
Nuestras emociones no aparecen únicamente por lo que ocurre. También aparecen por cómo mencionamos lo que ocurre. No es lo mismo decir: “Tengo un problema” que decir: “Tengo un desafío”. No es igual decir: “Fracasé” que decir: “Aprendí”. Las palabras transforman el significado y el significado transforma la emoción.
Necesitamos tomar conciencia de nuestras palabras, ya que lo que decimos construye nuestra autoestima y la ajena. La autoestima la construimos día a día; no es una aparición espontánea. Cada vez que reconocemos auténticamente a nuestros hijos, estamos cimentando su sentido de competencia. Cada vez que humillamos, estamos dinamitando su valía personal. Por eso podemos ver adultos “exitosos”, pero con la autoestima en el piso, porque esta no se construye exclusivamente con los logros, sino también con el relato que hacemos sobre nosotros mismos y sobre los demás.
Nuestro mundo es construido día a día desde nuestras conversaciones. Las conversaciones con nuestros padres, con nuestros maestros, con nuestros hermanos, con nuestros entornos en general. A lo mejor no estás necesitando cambiar de vida; lo que estás necesitando es cambiar de conversaciones.
Ahora sería bueno preguntarnos: ¿qué frases escuché frecuentemente de niño? ¿Qué decían sobre el dinero? ¿Qué decían sobre el amor? ¿Qué decían sobre el éxito? ¿Qué decían sobre el fracaso? ¿Qué decían sobre los hombres? ¿Qué decían sobre las mujeres? ¿Qué decían sobre mí?
No pudimos elegir con qué palabras crecer, no pudimos elegir la forma como nos hablaron ni las etiquetas que nos endilgaron. No elegimos las frases que moldearon día a día nuestra identidad mientras nuestro cerebrito comenzaba a descubrir el mundo. La buena noticia es que hoy, a partir de este momento, podemos elegir cuáles serán las palabras que repetiremos a nuestros hijos, a nuestra pareja, a nuestros amigos y, sobre todo, a nosotros mismos.
De aquí en adelante, sabiendo que cada palabra que pronunciamos es una instrucción para nuestro sistema nervioso, una huella, una identidad, un poder, tenemos una responsabilidad en cada conversación. ¿Las palabras que hoy digo construyen la persona que quiero llegar a ser o siguen sosteniendo a quien ya no quiero ser?
Ahora que ya sabes todo esto, hazte cargo de todo lo que dices. Asume tu poder de convertirte en profeta o sanador por medio de tus palabras. Si quieres que tus palabras sean medicina, bastará con un “estoy orgulloso de ti” para que quede anclado en la memoria de quien te esté escuchando. “Confío en ti” a lo mejor cambia la historia de tu adolescente. “Te amo aunque te equivoques” puede desactivar el miedo y activar la seguridad.
Y si de profecías se trata, ten en cuenta que cada vez que le dices a un niño: “No vas a poder”, hay una altísima probabilidad de que esa expectativa se termine confirmando, y no porque sea incapaz, sino porque su cerebro dejará de intentarlo y ese será el nacimiento de una profecía autocumplida.