Debo confesar que, cuando me ofrecieron encargarme de esta columna, dudé mucho en aceptar la propuesta. ¿Por qué? Por una simple razón: los periodistas suelen ser devorados por la rutina y no es fácil mantener el entusiasmo e interés que distinguen a las primeras entregas. De ahí que los cronistas se agoten y acaben recurriendo a artimañas para cubrir un espacio que no pueden dejar de llenar. En ese sentido, he intentado hacer todo lo posible para no incurrir en dicha falta, aunque, claro, eso solo podrán dirimirlo los lectores. Por otra parte, la brevedad de una columna es un escollo a la vez que un acicate. La concisión exige que se barajen las palabras hasta dar con aquellas que son indispensables, como si fueran gemas únicas. En mi caso, ha sido un verdadero reto, pues tiendo a explayarme y desarrollar un tema sin reparar en los límites establecidos. No obstante, admito que las restricciones obraron en mi favor, ya que me obligaron a sopesar cada frase con un celo propiamente literario. No en vano siempre he apreciado a los estilistas, como Hemingway o James Salter, el escritor al que le gustaba "frotar a las palabras entre ellas, como si las tuviera en una mano cerrada. Sentirlas dar vuelta, chocar, y después elegir nada más que las mejores".