Sócrates tenía una opinión bastante negativa sobre la democracia. Consideraba que ella facilitaba que el poder termine en manos de aquellos capaces de persuadir mejor a la multitud y no de los más sabios y preparados. Nuestro panorama político y electoral valida la preocupación socrática. Nuestra legislación electoral ha facilitado la creación de organizaciones políticas con escasos requisitos institucionales y casi sin vida partidaria real. El resultado es un sistema donde escasean los partidos verdaderamente organizados y abundan los vehículos electorales y los políticos oportunistas y populistas.
Más de treinta candidatos presidenciales están compitiendo en nuestras próximas elecciones, reflejando un sistema de partidos profundamente fragmentado y carente de talento político. Esta campaña se parece a un gran bazar donde cada candidato instala su puesto y ofrece lo que cree que desea escuchar el elector sin la menor idea de cómo lograrlo. ¡Ojo con los debates!
El problema no se limita a la elección presidencial. También elegimos un Congreso, y en los últimos años el país ha sido testigo de un preocupante auge del populismo legislativo: proyectos de ley que prometen beneficios inmediatos sin considerar sus costos fiscales o sus efectos económicos.
Nos ofrecen bonos, reducción de impuestos sin recortar gastos, expansión de programas sociales o subsidios sin explicar cómo financiarlos, eliminación mágica de la inseguridad, crecimiento acelerado y servicios públicos de primer nivel. Todo al mismo tiempo, sin considerar que los recursos son escasos y que cada decisión implica inevitables compensaciones.
Estas falsas promesas son simple demagogia disfrazada de programas de gobierno. Lo peor es que el bazar no termina en la campaña electoral, sino que continúa en todo el periodo de gobierno donde congresistas y funcionarios ofertan presupuestos, puestos de trabajo y favores políticos.
La democracia dista de ser un sistema perfecto y su calidad depende en gran medida de las instituciones que la sostienen. Un país con decenas de partidos improvisados difícilmente puede producir buenos gobiernos. Una reforma política que fomente la existencia de pocos partidos, sólidos y programáticos, capaces de formar cuadros y seleccionar liderazgos, ayudaría a que las elecciones vuelvan a ser lo que deberían ser: una competencia entre alternativas serias de gobierno. Avanzaríamos en esa dirección si elevamos requisitos de afiliación, exigimos verdadera vida partidaria y establecemos umbrales electorales más exigentes.
Cuando la política se convierte en una competencia de promesas cada vez más atractivas —pero poco realistas— el riesgo es que terminemos eligiendo no al candidato más preparado para gobernar, sino al que mejor domina el arte de vender ilusiones al electorado. Aquí reaparece la advertencia socrática. Nuestros políticos apuestan a una frágil memoria e ingenuidad.
Un amigo me comentó hace unos días que el alto porcentaje de indecisos a un mes de las elecciones reflejaría la percepción de que no interesa quien gane porque todo seguirá igual. Quisiera pensar más bien que se debe a que los electores están sopesando su voto con cautela, aunque la oferta del bazar es pobre.