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Entre bolas y pelotas

"En eso Messi parece de otros cielos, porque, a diferencia de Pelé y Maradona, no se ha mezclado con la política grande, prefiere los gestos cotidianos, a tono con lo que sucede en este último Mundial”.

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Entre bolas y pelotas
Fecha actualización:
05/07/2026 - 13:10
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Pelé jugó cuatro mundiales. En el primero tenía apenas 17 años, marcó tres goles en la semi y dos en la final, se convirtió en el ‘Rey’ (Suecia 1958). En los mundiales siguientes lo molieron a patadas los checoeslovacos (Chile 1962) y los portugueses (Inglaterra 1966). Se recuperó a la cuarta, acompañado de una de las mejores generaciones de futbolistas (México 1970). Ganó tres de esos mundiales, el único que lo ha logrado. Cuando regresó a Brasil con la copa, la dictadura militar (Emilio Garrastazu) lo declaró tesoro nacional, que no era un honor, sino la manera de retenerlo en el país para utilizarlo políticamente. Fue reivindicado cuando llegó la democracia (Henrique Cardoso 1995), lo nombraron ministro de Deportes y, a su muerte, lo lloraron cientos de miles (2023). Maradona también jugó cuatro mundiales. En el primero no brilló a pesar de ser una estrella creciente, Argentina se quedó en fase dos (España 1982). En el segundo campeonó, marcando contra Inglaterra dos de los goles más famosos de la historia (México 1986), se convirtió en ‘Dios’. En la semi del tercero (Italia 1990), la afición local en Nápoles apoyó a Argentina contra su propio país, era la revancha del sur pobre (donde queda Nápoles) contra el norte rico dueño de la selección (Roma, Turín, Milán). Además, Maradona era el ídolo de la ciudad (jugaba en el Napoli); así que en la final de Roma la afición italiana fue por la venganza, abucheó a Argentina todo el partido y, en tiempos antes del VAR, el árbitro regaló un penal en el 83’ para que campeone Alemania; esa es la copa que le robaron al diez. El cuarto fue el más triste: gordo y lesionado, fue expulsado por coquero (Estados Unidos 1994). Sin embargo, los argentinos lo idolatran porque les hizo olvidar sus miserias, porque en el partido contra Inglaterra, en nombre de todos, se cobró la revancha por lo de las Malvinas. En el entretiempo fue amigo de las dictaduras de izquierda (Fidel Castro, Hugo Chávez y Evo Morales), también lo lloraron cientos de miles cuando murió (2020).

En eso Messi parece de otros cielos, porque, a diferencia de Pelé y Maradona, no se ha mezclado con la política grande, prefiere los gestos cotidianos, a tono con lo que sucede en este último Mundial. Ya lo ve, mientras la codicia de la FIFA acumula superganancias y mancha la pelota de avaricia, las aficiones regresan a lo suyo. Por ejemplo, para la foto oficial de Noruega, los jugadores no vistieron en moda elegante, sino a la usanza vikinga medieval, la que conquistó mares y llegó a América (1021) antes de Colón (1492), de ahí que el remo vikingo se viralizó como barra bullanguera en tribunas, guarderías, colegios, parques, fábricas, asilos y hasta en el Parlamento. Bélgica, cuando no puede usar la camiseta roja titular, tiene de suplente una en tonos pastel de rosa y azul, que reproduce La voz de los vientos, uno de los cuadros más famosos de Magritte, donde las esferas del cuadro simulan la “B” del país; y hace un guiño a otro cuadro, Esto no es una pipa, al llevar bordado dentro del cuello la frase “Esta no es una camiseta”. Y mucho más. En esa onda, el Inter de Miami, a iniciativa de Messi, ha contratado a Vozinha (Josimar Évora), el arquero de Cabo Verde que viene tapando de todo y que solo pide una visa para que su madre pueda verlo jugar en directo. El contrato no sería nada del otro mundo si no fuese por una cláusula adicional: el Inter también contrata a la mami para que resida en USA y vea a Vozinha todo el tiempo. Los nuevos dioses ya no son los de la política grande, sino los de la política chica, la de lo cotidiano, la de los abrazos y la del gesto generoso.

Ahora que saltan los algoritmos de las elecciones, revaluemos esa política chica. La gente no ha votado por programas, ni por el pasado de Keiko, ni por el presente de Sánchez. Unos y otros han votado por lo mismo, por esperanzas enormes para cada uno, pero al alcance del Estado: un policlínico, una escuela, salir sin miedo a la calle, ser escuchado. Por eso, Keiko sí representa a todos, porque es nuestra mandataria, que no es quien manda, sino quien está obligada a cumplir un mandato. La oposición también ha recibido la misma responsabilidad: hacer realidad esas esperanzas, tanto como se pueda. Que sea así.

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