Pocas palabras tan mal utilizadas, exaltadas y vaciadas de contenido como la expresión “el pueblo”. Es la llave maestra de la política para rellenar cualquier discurso, programa y justificar los abusos. Cuanto más se la manosee, más se alejará de su verdadero significado. Se le invoca para ganar comicios, descalificar adversarios, legitimar decisiones y erosionar las instituciones. Y cuando pierden las elecciones, dicen —en nombre de ese “pueblo”— que han alcanzado un “triunfo cualitativo”.
En la democracia constitucional el pueblo no es una facción ni un determinado sector social. Tampoco es una categoría ideológica. Son todos los ciudadanos que integran una comunidad política, con independencia de creencias, condición económica, origen o ideología. El pueblo somos todos y comprende a quienes apoyan una determinada opción política, como a quienes no la comparten. Es, por definición, una totalidad plural y diversa en sí misma.
No obstante, en el lenguaje político izquierdista se ha producido una evidente distorsión. Cuando sus líderes usan como muletilla impenitente al “pueblo”, terminan siendo excluyentes al no referirse a todos los ciudadanos. Solo a los que encajan en su singular narrativa. Los demás son el “no-pueblo”, enemigos, privilegiados, antipatriotas, DBA, opresores u obstáculos para la materialización de un supuesto destino colectivo. La retórica de Castillo, o la impostación de Sánchez, ofrece múltiples ejemplos de la apelación al “pueblo” como única fuente de su quimérica legitimidad popular.
El problema no radica en mencionar al pueblo —algo legítimo en una democracia— sino en trastocar su categorización excluyente que divide a la ciudadanía en forma maniquea: los auténticos representantes y los excluidos por ser sus adversarios naturales. El pueblo deja de ser una realidad jurídica y política para convertirse en una construcción emocional. No es la totalidad de la ciudadanía, sino una parte de ella.
Se crea una narrativa antagonista entre quienes, investidos de una superioridad moral que solo ellos representan, aspiran gobernar en nombre del “pueblo” y quienes serán sus enemigos por solo discrepar y que deberán ser eliminados. La consecuencia será profundamente antidemocrática. La paradoja es evidente: quienes invocan al “pueblo” son quienes menos aceptan su diversidad. Como dice Serrat “hablan en nombre de quien no tienen el gusto de conocer...”. El pueblo real es complejo, contradictorio y heterogéneo como la naturaleza, como la vida misma.
Su excesiva utilización ha terminado devaluando su verdadero significado. Cuando una palabra sirve para explicarlo todo, al final no significa nada. Su permanente repetición ha convertido el concepto en un recurso propagandístico antes que en una noción seria. Se habla del pueblo para evitar hablar de ciudadanos concretos, de derechos específicos, de instituciones y de responsabilidades. La abstracción sustituye al análisis y la emoción termina reemplazando a la razón.