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DE MENTES Y RECUERDOS

El protocolo y la vida

“El cuerpo deja de ser cuerpo y se vuelve dashboard de rendimiento. (…) El sueño tiene su protocolo, la dieta tiene su protocolo, la crianza tiene su protocolo. Pero dormir, comer y crecer se vacían de contenido.”

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El protocolo y la vida roberto lerner
Columna por Roberto Lerner. (Foto: Midjourney/Perú21)
Fecha actualización:
14/03/2026 - 07:10
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Braden Peters tiene 20 años, mide 1.88 y pesa 82 kilos. Su ancho biacromial —la distancia entre los extremos de las clavículas, de donde proviene su nombre de guerra en el mundo de los influencers— es de 49.5 centímetros. Si pudiera inscribir esas cifras en su DNI, lo haría: para él es lo más importante que se puede saber de una persona.

Peters, conocido como Clavicular, es una gran estrella del looksmaxxing: la optimización planeada y sistemática del físico masculino para lograr el mayor atractivo posible, el epítome del KPI existencial. El cuerpo deja de ser cuerpo y se vuelve dashboard de rendimiento. A los 14 años se inyectaba testosterona que compraba a escondidas de sus padres por Internet. Ha tomado metanfetamina para suprimir el apetito. También se golpea los huesos de la cara con un martillo para hacerla más sexy. Gana más de cien mil dólares al mes, es infértil y sigue buscando al cirujano que le remodele la mandíbula para acercarse a su ideal de belleza, el actor Matt Bomer.

El looksmaxxing nació en foros virtuales frecuentados por hombres que entienden el fracaso romántico —y, en general, las dificultades en sus relaciones con mujeres— como un problema de ingeniería: si un cuerpo incorrecto produce resultados indeseables, hay que corregirlo. No es vanidad en el sentido clásico —tengo algo que exhibir y busco hacerlo— sino una teoría de productividad y causalidad. Peters la aplica con la fe y la disciplina de una mente convencida, al mismo tiempo que pragmática. El mercado lo ha recompensado con la atención masiva de jóvenes que buscan desesperadamente recetas.

Hace unos días, un periodista lo acompañó a un acuario. Peters tocó un esturión y retiró la mano de golpe, como si hubiera tocado algo prohibido. Al salir, vio familias almorzando al sol y dijo, con genuina extrañeza: “No puedo creer que la gente haga estas cosas”. No sonó a desprecio. Sonó a la reacción de quien observa una especie desconocida. El paseo sin propósito, la golosina porque sí, el domingo sin métrica, le resultan literalmente incomprensibles: están fuera del protocolo y, por tanto, carecen de sentido. Como el contacto con un ser vivo que no estaba en agenda.  

Vamos a otro punto del espectro. Bryan Johnson hace algo parecido, aunque con un presupuesto sin límites y otra retórica. Tiene 47 años y somete su cuerpo a un régimen de métricas, protocolos e intervenciones diseñado para revertir el envejecimiento. Su proyecto tiene nombre: Don’t Die, no mueras. Donde Peters optimiza para competir dentro de la biología, Johnson optimiza para escapar de ella. Pero el principio es idéntico: el cuerpo como problema técnico. La vida comenzará cuando esté resuelto.

Para Peters y Johnson el presente es laboratorio, planta de producción y camerín. Peters dice que saber que puede acostarse con muchas mujeres es mejor que hacerlo con una en particular: el acto en sí no le aportaría nada. Johnson, por su parte, está tan ocupado no falleciendo que no le queda tiempo para vivir.

¿Fenómenos marginales, excéntricos del mundo virtual? Estadísticamente, quizá, por ahora. Pero son una expresión articulada, coherente e inevitable de una cultura que centra la experiencia humana en la optimización de un proyecto previo a su vivencia. El sueño tiene su protocolo, la dieta tiene su protocolo, la crianza tiene su protocolo. Pero dormir, comer y crecer se vacían de contenido. Lo mismo empieza a ocurrir con el rostro, el cuerpo y el tiempo que nos queda.

Clavicular y Nomueras, enamorados como están de sus interminables protocolos —que son también una forma de no relacionarse con nadie— se equivocan de pregunta. La que ambos responden obsesivamente —¿cómo consigo la versión optimizada de mi cuerpo?— encubre otra que ningún protocolo puede contestar: ¿qué quiero hacer con la vida finita que ese cuerpo imperfecto habita?

Peters y Johnson saben con precisión milimétrica la pureza del aire que respiran o la inclinación de sus narices. Pero no saben qué harían un domingo en el parque si nadie los estuviera filmando. 

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