Aunque los conflictos geopolíticos en Medio Oriente parezcan ajenos al Perú, la realidad es que tienen efectos muy concretos en nuestra vida cotidiana. Basta seguir los precios de los combustibles en el mercado local, que en las últimas dos semanas han subido en cerca de 30%.
Ello obedece a la última escalada en el enfrentamiento que desde hace meses se desarrolla entre Estados Unidos e Irán y que involucra, directa o indirectamente, a varios países de Medio Oriente. Y, aunque la región ha vivido conflictos durante décadas, los acontecimientos de los últimos días han elevado el riesgo de una confrontación más amplia, con consecuencias que van más allá de lo militar.
El detonante de esta nueva fase ha sido la intensificación de las operaciones militares entre Washington y Teherán. Estados Unidos ha desplegado ofensivas contra objetivos militares de Irán, mientras que los iraníes han respondido con acciones propias y a través de grupos aliados en distintos países de la región. Ambas partes argumentan que actúan en defensa de su seguridad.
La principal novedad de esta semana es que el conflicto ya no amenaza únicamente al estrecho de Ormuz, por donde transitan los buques que llevan cerca de un tercio del crudo y un quinto del gas natural licuado que consume el mundo. Salvo algunas ventanas de algunos días, el paso por este punto ha estado casi completamente cerrado desde febrero de este año.
Sucede ahora que el conflicto ha sumado otro foco de preocupación: el llamado estrecho de Bab el-Mandeb, que conecta el mar Rojo con el océano Índico, y por donde circula el 12% del comercio marítimo mundial. Ello como consecuencia del ataque realizado este jueves por los rebeldes hutíes de Yemen, respaldados por Irán, a dos petroleros saudíes. Este grupo —calificado como organización terrorista extranjera por el Gobierno norteamericano— mantiene su amenaza de bloqueo total del estrecho.
La combinación de ambas situaciones ha encendido las alertas de gobiernos, navieras y mercados financieros. Si ambos corredores dejan de operar con normalidad, el comercio internacional enfrentará una presión sin precedentes, con incremento en costos, retrasos en las entregas y una menor disponibilidad de crudo y gas en los mercados internacionales.
Como consecuencia, el precio internacional del petróleo ha registrado un nuevo repunte. A ello se suma el aumento de las primas de seguros para los buques que transitan por la zona y la decisión de algunas compañías navieras de modificar sus rutas, rodeando África para evitar las áreas de mayor riesgo. Estos cambios implican viajes más largos y mayores costos logísticos, que terminan trasladándose al precio de los combustibles y, como consecuencia, al precio final de prácticamente todos los bienes que consumimos.
La evolución del conflicto en las próximas semanas dependerá principalmente de dos elementos. El primero es la habilidad que demuestre Irán para sostener la presión. Ello, a su vez, dependerá del estado de sus capacidades militares —algo que nunca es fácil juzgar con certeza—, de la cohesión del régimen y el apoyo político interno que reciba, y del papel que tomen sus aliados (los hutíes de Yemen y Hezbolá en el Líbano, principalmente).
El otro elemento será la posición de los Estados Unidos. Aunque esto se ha vuelto crecientemente impredecible con Trump en la presidencia, lo más probable es que continúe desarrollándose un conflicto prolongado de intensidad limitada, y que las rutas se vayan abriendo gradualmente. Un escalamiento repentino o una invasión para derrocar al régimen parecen poco probables, principalmente por los astronómicos costos que el conflicto ya ha tenido para Estados Unidos, con un presupuesto militar que a la fecha suma cerca de US$40,000 millones, y una costosa factura para los mercados por el precio del combustible.
Mientras ello se define, el resto de los países del mundo seguirá observando desde lejos un enfrentamiento en cuyo devenir tienen mínima influencia, pero cuyas consecuencias afectan todos los días a miles de millones de personas.