El Perú parece hoy un estadio enardecido en el que se ha perdido de vista la pelota. Mientras los candidatos se acusan mutuamente y las redes sociales arden, millones de personas siguen esquivando extorsionadores, mandando a sus hijos a colegios sin agua potable y viendo cómo la minería ilegal devora ríos y las mafias cobran cupos en sus propios barrios. La polarización no solo divide a las familias; también está distrayendo al país de los problemas que sí amenazan su futuro.
En medio de ese ruido, el proceso electoral añade su propia disputa. Ante irregularidades denunciadas y una institucionalidad poco confiable, es comprensible que muchos exijan una auditoría rigurosa. La democracia se fortalece en la certeza, no en la duda. Pero una cosa es pedir rigor y otra muy distinta es usar la incertidumbre como palanca. Por eso, forzar cualquier desenlace —proclamar un ganador o exigir una nulidad— antes de agotar los mecanismos técnicos y legales disponibles solo garantiza cinco años más de inestabilidad. Quien convierta ese proceso en rehén de su estrategia política no defiende la democracia; la traiciona.
El problema es anterior a esta elección. La polarización no es un accidente; es un modelo de negocio. Mientras el ciudadano pelea con el vecino por ideología, el político consolida su cuota de poder, reparte cargos entre los suyos y se va sin rendir cuentas. Llevamos años cayendo en esa trampa. Y siempre termina igual: ganan ellos, perdemos nosotros. Esta elección no tiene por qué ser la excepción, a menos que el ciudadano decida que ya fue suficiente.
Esa decisión empieza por votar con criterio, no con miedo. Vale preguntarse: ¿tiene este candidato un plan concreto o solo promesas? ¿Hay en su historial pruebas de que puede ejecutar lo que ofrece? ¿Su entorno arrastra cuestionamientos que nunca ha aclarado? ¿Estaría dispuesto a gobernar con los mejores técnicos disponibles, aunque no sean de su partido? El reto del ciudadano no termina el día de las elecciones; termina cuando el elegido demuestra con hechos que gobierna para todos, no solo
para los suyos.
La gente no pide una nueva Connstitución ni un cambio de modelo, como algunos pretenden interpretar. Pide que el crimen y la corrupción dejen de ser el paisaje cotidiano. Pide que sus hijos lleguen a casa con seguridad y que abrir un negocio no implique pagar cupos ni sobornos. Pide que el Estado persiga la ilegalidad con la misma determinación con que sus propios integrantes sobreviven en el poder. Esas demandas no tienen ideología. Y cualquier candidato que no las ponga en el centro de su gobierno, sea de izquierda o de derecha, habrá fallado antes de empezar.
Si votamos por miedo o por odio al adversario, obtendremos exactamente el gobierno que merecemos. El Perú necesita ciudadanos que exijan, fiscalicen y demanden la rendición de cuentas sin importar quién ganó. La democracia no termina con el voto, empieza con él.