Para tocar la pelota de primera, sobre todo en el fútbol de estos tiempos, no basta con la técnica. La concentración y la lectura del juego también son fundamentales para maximizar la velocidad colectiva y restarle tiempo de reacción y capacidad de posicionamiento al rival. ¿Qué ocurre cuando se enfrentan dos equipos que juegan de la misma manera? El resultado es una final del mundo como la que protagonizaron España y Argentina.
Dominar la posesión de la pelota transforma por completo la dinámica de un partido. Sin embargo, en lugar de aplaudir una jugada destinada a quedar en la historia, un desborde con centro atrás que termina en gol o una genialidad individual en un encuentro de esta magnitud, nos limitamos a esperar el error. Las tácticas que gobiernan la alta competencia de hoy, sumadas a la preparación física, han reducido al mínimo los espacios para la inspiración. Todo está calculado. Todo apunta a capitalizar el error, individual o colectivo.
Los mundiales, cada cuatro años, nos regalaban íconos inolvidables: Pelé, con apenas 17 años, en Suecia 1958 y luego en México 1970; Johan Cruyff y su Naranja Mecánica en Alemania 1974; Maradona y su gol eterno en México 1986; Zinedine Zidane liderando la revolución francesa en 1998; y Ronaldo Nazário en el esplendor de Brasil durante Corea-Japón 2002. Con el paso del tiempo, aquellas grandes figuras fueron diluyéndose para dar lugar a equipos cada vez más colectivos, sostenidos por unas pocas individualidades capaces de mantener viva la industria del espectáculo. Lionel Messi, Cristiano Ronaldo, Kylian Mbappé, Jude Bellingham y Lamine Yamal representan esa élite del presente.
El fútbol de los tres últimos mundiales —Rusia 2018, Qatar 2022 y Norteamérica 2026— ha experimentado una profunda transformación táctica, física y tecnológica. En 2018 predominó el orden estructural y el contragolpe; en 2022, la flexibilidad táctica y la intensidad extrema; y en 2026 vimos equipos con rotación permanente de posiciones, repliegues compactos y arqueros convertidos en los primeros creadores de juego. El fútbol ha cambiado tanto que ahora, incluso, el espectáculo continúa durante el entretiempo con un show de artistas, como si el deporte necesitara algo más para captar nuestra atención.
Los casi 130 minutos de la final fueron un tablero de ajedrez con pelota, donde alfiles y reyes movieron sus piezas con una precisión casi milimétrica. Messi estuvo desaparecido e intrascendente. El planteamiento español logró aislarlo y, para colmo, Alexis Mac Allister y Enzo Fernández estuvieron imprecisos. España se mostró superior, comenzó a encontrar espacios y, en ese desarrollo, empezaron a caer las piezas. Se lesionaron los dos centrales titulares, un hecho inédito en una final mundialista, y, para completar el panorama, llegó una expulsión. ¿Qué quedaba? Apostar por los penales. No había otra alternativa.
Pero la historia esta vez eligió a España. En el inicio del segundo tiempo suplementario, Ferran Torres encontró el gol que desató el desánimo de todo un país. Lo que restaba del partido solo admitía la esperanza de un milagro. Argentina tuvo ocasiones para empatar, pero no estamos en octubre y el Milagroso duerme en Las Nazarenas, lejos de Buenos Aires y de Nueva Jersey.
España fue el mejor entre dos estilos muy parecidos, cometió menos errores y se llevó la Copa del Mundo. Hoy, su fútbol vuelve a marcar el rumbo del planeta.