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El elector que confundió a su país con un sombrero

"Si hasta hace poco podía argumentarse que el partido político más grande del Perú era el antifujimorismo, ahora resulta razonable considerar que ha aparecido uno aún mayor: el antilimeñismo. Y su símbolo es el sombrero".

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(Midjourney/Perú21)
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Fecha actualización:
17/05/2026 - 07:10
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El neurólogo Oliver Sacks publicó en 1985 un libro de relatos clínicos titulado El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. En él contaba casos neurológicos que había atendido, preservando la identidad de sus pacientes, pero revelando la dimensión humana detrás de la dolencia cerebral. Cuando se afecta el razonamiento, nos difuminamos en un territorio tan dislocado como fascinante.

Una de las condiciones que describe, y que da nombre al libro, es un caso de agnosia visual. Esto sucede cuando se pierde la capacidad de reconocer el significado de las formas. El paciente veía rasgos, pero no realidades: una rosa era una estructura rosada enrollada sobre un apéndice verde. Un día, saliendo del consultorio, cogió la cabeza de su mujer pensando que era su sombrero. Su cerebro había perdido la capacidad de interpretar lo que veían sus ojos.

Extrapolando situaciones, podría hablarse de una variante de esta agnosia que hoy nos afecta políticamente. Esta distorsión del reconocimiento interpreta que una forma —un sombrero— no es solo un accesorio, sino la representación misma de un país.

El equívoco no es gratuito. Responde al abandono estructural que el centralismo limeño ha infligido sobre el resto del país, desigualdad provechosamente explotada por radicales y populistas, y usufructuada por autoridades que se meten el canon regional al bolsillo levantando el monumento al espermatozoide. Si hasta hace poco podía argumentarse que el partido político más grande del Perú era el antifujimorismo, ahora resulta razonable considerar que ha aparecido uno aún mayor: el antilimeñismo. Y su símbolo es el sombrero.

El antifujimorismo, por su parte, ha envejecido. La dignidad nunca será un insulto, y esta se manifestó cuando se enfrentó hace más de tres décadas al peor fujimorismo en todo su poder político, mediático, judicial y represivo. Pero lo que fue coraje cívico para combatir un régimen corrupto y autoritario ha devenido en un reflejo monotemático y vindicativo, con el no como prefijo ideológico inamovible. Alberto ya murió, Montesinos lleva 25 años detenido. El país ya no es el mismo, y posiblemente Keiko tampoco, según lo indica la reducción de su antivoto. Ella ha sobrellevado cárcel. Peor aún, ha sobrellevado a Mark Vito. Solo le falta derrotar a su Moby Dick: el panetón.

El antivoto de Sánchez, inversamente, ha subido rápido, cortesía de su cercanía a Antauro, el hermano que vive del partido y de su futura diputada que pensaba alternar la labor legislativa con sus actividades en la banda de Los Pulpos. Eso es ahora, no hace treinta años. Pero igual hay un 17% que no quiere votar por ninguno de los dos. No ganará el mejor. Ganará el que asuste menos.

El antifujimorismo sufre, además, el natural desgaste de la disonancia generacional. En un reportaje televisivo le presentaban una foto de Abimael Guzmán a los jóvenes y decían que era Gabriel García Márquez. ¿Reconocerían a Alberto Kouri, personaje estelar de los vladivideos, o dirán que lo han visto en una telenovela turca? Más bien se ha confirmado la condición de falso valor de quien fuera el perseguidor icónico de la heredera del pasivo dinástico. El antikeikismo fiscal encarceló gratuitamente tres veces a la hija —la chica, en canónica jerga montesinista recogida por el antifujimorismo—. José Domingo Pérez, exfiscal de rodilla fácil, es hoy entusiasta defensor y valet emocional del golpista Pedro Castillo, primer beneficiado del sombrero en cuestión.

El antilimeñismo, en cambio, está vivito y coleando, gozando de un crossover generacional que le da excelente salud. Su símbolo, nuevamente, es ese sombrero.

Como el azar es ingrediente esencial de la fusión peruana, la transformación del sombrero chotano en símbolo no es ajena a la paradoja. Los sombreros de ala ancha llegaron con el colonialismo. Su protección solar los hizo funcionales al trabajo de campo como el de Cajamarca. Su elaboración requiere un insumo foráneo: la hoja de palma ecuatoriana. Como son artesanales, un sombrero chotano puede costar hasta 3,000 soles. Poco menos de tres sueldos mínimos por una prenda identitaria que tiene herencia española, peruana y ecuatoriana.

Pedro Castillo, un “sindicalista básico” según la definición literal de su mentor Vladimir Cerrón, no usaba sombrero. No lo llevaba durante la huelga magisterial que le dio visibilidad política, aquella en la que recibe ante cámaras la orden de “tírate, tírate”, y diligentemente se arroja al suelo para simular una agresión de las fuerzas enemigas del pueblo. Igualmente, recibió otra indicación durante la campaña que lo hizo presidente: ponte el sombrero.

Así lo testimonió Richard Rojas, hombre de confianza de Cerrón que lo asesoró, agregando, además, que el sombrero ni siquiera era de Pedro, sino de su hermano. La prenda fue clave en la transformación del sindicalista en maestro rural, campesino postergado y encarnación de la víctima histórica del racismo y centralismo del país. Sin sombrero no habría personaje. Esto es porque la prenda hacía todo más claro: vengo del interior, no de Lima. Su simple y poderosa marca visual le ganó al terno y al tinte capilar, recursos clásicos del político tradicional.

Castillo usaba un gorro de béisbol cuando visitaba Sarratea, pero no usó el sombrero chotano el día que dio el golpe de Estado que sus seguidores sostienen que no dio. En hábil simbolismo cargado de cálculo político, el mismo hermano de Castillo le ha entregado ahora el sombrero talismánico a un psicólogo huaralino que, además de ser congresista en toda la extensión peyorativa de la palabra, en su momento tomó distancia del golpe de Estado del usuario original de la prenda. Roberto Sánchez, que como gerente de la Municipalidad de San Borja jamás usó sombrero, sino más bien lucía una versión local del mullet redneck sospechoso de tinte, ha colocado ahora sobre su cabeza el ícono de resistencia a todo lo que Lima representa. Es un festival de incoherencias, pero no importa: así como la U es la U, el sombrero es el sombrero.

Huelga decir —aunque tampoco les interesa demasiado a los opositores profesionales— que el sombrero no garantiza honestidad, competencia ni certeza económica. Su condición de embuste visual o halloween electoral debería funcionar como una advertencia grosera sobre el vacío del contenido. Pero ya sabemos: se vota sintiendo y no pensando. Y mucho de lo que se siente es rabia, la peor consejera de las decisiones.

No se puede negar la potencia y efectividad del sombrero como herramienta de identidad política. Resulta curioso cómo buena parte de quienes han emprendido el nada sutil cargamontón contra Sánchez no parece advertir que cada vez que lo muestran con el sombrero le hacen un favor publicitario. El sombrero es la chispa de su vida, la trascendencia regional que lo salva de la medianía burguesa de San Borja.

Igual, llama la atención que un hijo de Huaral como Sánchez no haya recurrido a un verdadero símbolo identitario de su tierra como argumento electoral: en Huaral se prepara el mejor chancho al palo del país.

Es raro que se le haya escapado eso. O, por el contrario, quizás como psicólogo social reparó que la protesta es más potente que el gozo. Ahí el sombrero también le gana al chancho.

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