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El Día de la Marmota es peruano

"Sánchez (...) se ha convertido en lo que decía combatir. Antes se cuestionaba el voto rural. Ahora sostiene que el voto extranjero no es peruano. Antauro debe estar orgulloso”.

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(Midjourney/Perú21)
(Midjourney/Perú21)
Fecha actualización:
14/06/2026 - 07:10
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Cada cinco años el Perú no celebra elecciones generales. Lo que hace es activar un portal temporal que repite, en un bucle infinito, una nueva versión de lo mismo. Apenas cambian algunos protagonistas y detalles menores.

El antifujimorismo, transformado progresivamente en una reacción traumatizada próxima al síndrome, condición personificada por José Domingo Pérez, es una de las pocas constantes que persevera.

Es decir, cada cinco años estrenamos una nueva edición del Día Peruano de la Marmota.

La película El Día de la Marmota trata de lo siguiente: un presentador de televisión especializado en el clima viaja hasta Punxsutawney, Pensilvania, para asistir a un evento que supuestamente predice el fin del invierno. El evento se llama, precisamente, el Día de la Marmota.

Funciona así: la marmota residente de la ciudad sale de su madriguera. Si es un día soleado y se asusta con su propia sombra, el invierno durará seis semanas más. Si no la ve porque está nublado, la primavera está en camino.

Phil Connors, impecablemente interpretado por Bill Murray, es un hombre amargado, ácido y vacío. Hace su trabajo sin ilusión alguna, se va al hotel con ganas de largarse al día siguiente. Pero al despertar, el tiempo ha retrocedido 24 horas: es nuevamente ayer, el Día de la Marmota.

Al comienzo se confunde. Luego se desespera. Harto de esa existencia repetitiva y circular, decide suicidarse una docena de veces. Pero inevitablemente, al día siguiente, sigue siendo el Día de la Marmota.

Es imposible calcular cuánto tiempo permanece atrapado en ese bucle temporal. Pero el tema de fondo de la película no es el viaje en el tiempo. Tiene que ver con la dificultad, o la incapacidad, de aprender de la repetición.

Esto convierte el film en un relato de iluminación donde el desgaste de la rutina es lo que educa. Por eso sigue siendo tan poderosa: es una parábola sobre la madurez. El personaje descubre que la salida no consiste en escapar del día, sino en convertirse en una mejor versión de sí mismo.

La diferencia es que el protagonista ficticio termina siendo consciente de la repetición. Nosotros, aparentemente, no. Cada cinco años repetimos exactamente lo mismo. Con el agravante del sostenido deterioro de quienes supuestamente encarnan la superioridad moral que dicta cómo se debe votar.

Antes había periodistas y analistas que provocaban la ebullición de ideas y debates sustanciosos. Ahora tenemos streamers que viven del negocio de exacerbar emociones, compensando incompetencia con procacidad y desprestigiando incluso la causa a la que se adhieren. Algunos de ellos dicen que ahora el fujimorismo los va a perseguir. La pregunta no es por qué lo harían. La pregunta es para qué. Para darles las gracias, en todo caso.

Hay un detalle adicional que confirma la naturaleza circular del fenómeno. Cada vez que las encuestas no acompañan o la derrota asoma, reaparece el resorte violentista. Algunos descubren súbitamente que la voluntad popular solo merece respeto cuando coincide con la propia.

El talante radical de quienes navegaban sobre la ola del antifujimorismo se venía advirtiendo desde hace meses, pero a quienes lo señalaban se les marcaba con la indignidad cancerígena del fujimorismo. Esa venda en los ojos, la misma que pasaba por alto el camuflaje detrás del sombrero, cae ahora de golpe ante el principio de realidad. Llamar terrorista al terrorista no es estigmatización. Es taxonomía.

A Nieto lo lincharon por tener convicciones. Entre ellas, no aliarse con el Movadef. La verdadera e inmoral tibieza es la que ahora mantiene Sánchez respecto de esas juntas, que además tendrán bancada. Como si no bastara con el papelón de haber celebrado antes del triunfo, se pone de costado ante las amenazas de violencia para limpiar el orgullo herido. Mejor si esa sangre se exige por Zoom. Así no salpica. Convocar a la épica desde la comodidad del wifi sigue siendo la forma más segura de la valentía.

La marmota electoral peruana tiene, además, otra costumbre: cada cinco años aparece acompañada por alguien anunciando que la democracia funciona mejor cuando gana él. Sánchez y una parte de la izquierda, abrazando ahora el fraudismo que antes denunciaban en López Aliaga, han terminado convirtiéndose en aquello que decían combatir. El segundo cuestionaba el voto rural. El primero sostiene que el voto extranjero no es peruano. Antauro debe estar orgulloso de su socio.

En el medio asoma lo peor de todos nosotros —racismo, resentimiento, mitomanía, fanatismo y una robusta incapacidad para reconocer errores propios— reencarnado puntualmente cada cinco años bajo el disfraz de virtud cívica.

Pero existe una diferencia brutal con la película. En El Día de la Marmota el protagonista comprende que debe mejorar con cada repetición. Es la única manera de liberarse del laberinto.

En la versión peruana, en cambio, cada ciclo electoral repite los mismos errores con actores distintos, amplificando además los síntomas del equívoco, como si el aprendizaje hubiera sido eliminado del sistema operativo nacional.

La estructura se parece inquietantemente:

• Aparece un candidato antisistema que promete refundarlo todo.
• Surge el miedo al retorno de un fantasma político.
• Se instala la narrativa del mal menor.
• Se activa una guerra moral entre ciudadanos.
• Se vota más contra alguien que a favor de alguien.
• Estallan escándalos, vacancias, investigaciones o crisis.
• Juramos haber aprendido la lección.
• El que piensa distinto es tibio, inferior o enemigo.
• Publicamos varios tuits al respecto.
• Cinco años después volvemos al punto de partida.

Tal como Connors despierta cada mañana junto a una canción de Sonny & Cher, el elector peruano despierta cada cinco años escuchando las mismas canciones: corrupción, outsider, antisistema, antiestablishment, refundación nacional, salvación de la democracia, dignidad y fujimorismo nunca más, en un coro ecolálico ad infinitum.

En la película, Connors logra escapar del bucle cuando aprende algo. Nosotros llevamos años amaneciendo en la misma mañana electoral. Por eso, después de cada elección decepcionante, vuelve a ser el Día de la Marmota.

Solo cambian las marmotas.

Y ahora descubrimos, además, que el celebrado panetón era apenas un budín.

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