Basadre nos definió como país de mentalidad sísmica. Nada más certero al acercarnos —otra vez— a la crucial definición a través de una muy ajustada segunda vuelta mañana, enfrentando dos opciones enconadas. Somos un país antagónico, fraccionado y fragmentado que dramáticamente se debate entre situaciones de extrema polarización. Es como vivir en un permanente “Pasamayo maldito” que nos obliga a caminar cada 5 años al filo del abismo.
Podríamos fijar el inicio de nuestra crisis política en los últimos 65 años con la elección del primer gobierno de Belaunde el 63 —que sucedió al golpe del “Triunvirato”—, concluido abruptamente debido a otro golpe, el del 68 —el Gobierno Revolucionario de la FF.AA.—. Este terminó por otro golpe, el “Tacnazo” del 75. Fue este el que dio lugar a la apertura democrática del 80 que, en vía de reivindicación, reeligió a Belaunde para un segundo mandato que, lastimosamente, fue decepcionante.
Le siguió el primer gobierno aprista que también fue un desastre, político y económico, con el recrudecimiento del terrorismo y la debacle inflacionaria. Ahí se gestó el nacimiento de Fujimori a la Presidencia de la República, venciendo en las urnas a un laureado futuro premio Nobel, pero con poca vocación democrática, pues —a menos de 2 años de gobierno— dio otro golpe iniciando su fase autocrática hasta finales de 2000, en que su tozudez al forzar una tercera reelección determinó su caída, propiciándose un gobierno de transición que facilitó la elección de Toledo en 2001.
Le sucedieron dos gobiernos relativamente estables: García II y Humala. Hasta que volvimos al “Pasamayo” político el 2018 con Kuczynski y su reducida bancada congresal, acosado permanentemente por la abrumadora bancada fujimorista de 73 congresistas. Se dio su renuncia y la llegada, por la puerta falsa, de un pernicioso personaje de poco talante democrático, oscura trayectoria política y ninguna lealtad. Vizcarra carecía de bancada, salvo dos solitarios adulones. Su “estrategia” fue contender con el Congreso hasta forzar su inconstitucional disolución. Gobernó como reyezuelo a punta de decretos de urgencia para luego, su “creatura”, el Congreso complementario, en medio de la pandemia y con el affaire de su autovacunación, decretó su fulminante vacancia. Siguieron una cascada de vacancias que nos llevaron, en 2021, a dirimir la elección de Castillo, su proyecto izquierdizante con la manida asamblea constituyente, que felizmente feneció por propia mano con su intento de golpe del 7 de diciembre de 2022.
El ballotage de mañana nos enfrentará a dos opciones particularmente extremas. Es lo que hay. Es el resultado electoral que nos ha arrojado —con todos sus trompicones, vacilaciones, desvíos, negligencias e intencionalidades— la ONPE de la primera vuelta. Será el día “D” de nuestra democracia y definirá una vez más si caemos al abismo político o nos mantendremos en el filo del camino para intentar la mejora del país.