Durante el año, cuatro meses y nueve días que duró su breve gobierno, el señor Pedro Castillo evangelizó al país con un dilema existencial cuántico que sigue resonando en el inconsciente colectivo: ¿el pollo estaba vivo o estaba muerto?
Tiempo y cárcel después entendimos que el acertijo no era tal, sino una superposición simultánea: el ave estaba viva y muerta a la vez. Representaba la contradicción en estado puro, con todo lo fascinante que puede tener la incoherencia vuelta doctrina.
La nueva revelación que hoy se manifiesta, transmitida mediante el talismán simbólico de un sombrero, añade una nueva capa de conocimiento a aquella enseñanza castillista. Ese pollo polisémico tenía nombre: el pollo era Roberto Sánchez.
A saber, Sánchez podía ser huaralino y chotano a la vez. Podía ser democrático y antaurista concurrentemente. Era de San Borja y del pueblo en simultáneo. Era moderado y radical en el mismo tiempo y espacio histórico. Un pollo perfecto.
La dualidad llegó a su clímax cuando con un entusiasmo prematuro, generado por la incapacidad o falta de voluntad de leer un margen de error, Sánchez celebró un triunfo inexistente. Entonces se convirtió en vencedor y en derrotado en un solo acto.
Hasta entonces el pollo, es decir, Roberto Sánchez, estaba vivo.
Vivos, y bastante, estaban también quienes se arrimaron al palo de su gallinero falazmente ganador en busca de algún grano de maíz. Quedaron retratados para la posteridad alrededor de una mesa del Hotel Bolívar, llenándose la boca con cuatro sílabas: democracia; que ahora se ha convertido en una de cinco: reacomodo. O el arte de quitarse el sombrero.
El pollo empezó a morir cuando la contabilidad oficial de la ONPE comenzó a revertir la situación. El balconazo resultó ser un piscinazo. Y la piscina, si bien rebosaba de mitomanía y oportunismo, estaba vacía de realidad.
En su agonía empezaron a sucederse los manotazos propios de quien es tragado por las aguas del fracaso. El primero de ellos, cuyo eco reverbera, consistía en sostener que Sánchez había ganado realmente en el Perú y que los votos de los peruanos en el extranjero —peruanos incompletos, según esta prédica— estaban arrebatándole fraudulentamente una victoria legítima.
Sánchez, psicólogo de profesión, decidió adaptar la realidad a sus necesidades emocionales.
Una de las propiedades elementales de las matemáticas es la conmutativa. Dicho en castellano, el orden de los factores no altera el producto: dos más tres suman cinco, del mismo modo que tres más dos suman cinco.
Análogamente, da igual si se cuenta primero el voto nacional o el extranjero. El resultado será siempre el mismo: Roberto Sánchez perdió.
Lo fascinante, aun conociendo la potente motivación antifujimorista que lo impulsó, fue la docilidad con la que terceros decidieron ponerse voluntariamente el mismo problemático sombrero.
Algunos, sin que nadie les preguntara, decidieron estampar públicamente su prestigio personal, su simpatía y hasta su voto en favor de alguien a quien no era particularmente difícil identificar como un demócrata coreográfico.
Los oportunistas profesionales tienen cuero de chancho. Son diestros en abandonar un barco de las maneras más rápidas, lubricadas y discretas que les permite la física. A los segundos —aquellos a quienes la fobia produce miopía, presbicia y astigmatismo— será difícil escucharlos con la misma claridad y sintaxis con la que defendieron su voto por Roberto Sánchez, explicar si también adhieren a su flamante teoría del fraude en desarrollo.
Esa es ahora la pregunta relevante.
¿El pollo estaba vivo o estaba muerto? ¿Sánchez era un demócrata o un oportunista sin escrúpulos? La respuesta en corto sería esta: estaba vivo cuando denunciaba el fraudismo, estaba muerto cuando decidió practicarlo.
Porque ya cruzó una línea. Ha decidido situarse exactamente en el mismo territorio político y mental que antes denunciaba, convirtiéndose en exactamente lo que decía despreciar. Quienes callan frente a ello empiezan a cruzarla junto con él.
Pero la incoherencia tiene una propiedad adicional: es invasiva. Al desconocer los resultados electorales, Sánchez termina reconociendo implícitamente aquello que intenta negar: solo denuncia fraude quien necesita una explicación para una derrota.
Y ahí empieza su verdadero problema.
Los ayayeros ya fugaron. Los ministerios se evaporaron. Las expectativas de poder quedaron archivadas ante la realidad decimal de los números.
Se queda solo, políticamente desempleado y aferrado a un sombrero de utilería que cada día tiene menos sentido seguir usando.
Sobre todo porque ni siquiera es suyo.