Era la final de la Copa del Mundo (Suiza 1954). Hungría era la favorita contra Alemania; tenía un equipazo, con Ferenc Puskás, el mejor del mundo antes de Pelé, Maradona y Messi; era campeona olímpica (Helsinki 1952) que, por entonces, también equivalía a ser campeona mundial; había goleado a todos sus adversarios, colocaría un total de 27 goles, a 5.4 por partido, un récord aún vigente; y, como advertencia, en la fase de grupos había goleado a la misma Alemania 8 x 3. Pero no era una final cualquiera. Hungría luchaba por desprenderse de la dictadura comunista de la Unión Soviética, aprovechando que su líder Iósif Stalin había fallecido (1952), pero esa primavera sería destrozada por la invasión de los tanques soviéticos (1956). Alemania se estaba recuperando de la derrota de la guerra (1945), pero estaba dividida entre el este controlado por la Unión Soviética y el oeste controlado por Estados Unidos (1949). La Alemania que jugaba la final era la de occidente. Entre tanta desgracia, cada selección también jugaba para llevar un poco de alegría y alivio a su gente. Llovía el día de la final (4 de julio) y la cancha era un lodazal, aún no se habían inventado los sistemas para drenar el agua. Como era previsible, Hungría empezó arrasando, pero Alemania logró empatar y se fueron al descanso 2 x 2. El final ya lo sabe: faltando cinco minutos, Alemania metió el gol para ganar 3 x 2. No obstante, la victoria no se logró con técnica, ni disciplina, ni preparación física, ni garra. Fue un zapatero que previó el clima y fabricó zapatos con materiales sintéticos para que no absorbieran agua y fuesen más livianos; con toperoles sustituibles como tapa rosca, bajos para jugar en seco y altos para jugar en lluvia. Durante el entretiempo, los alemanes cambiaron a toperoles altos; al reanudarse el partido, mientras los húngaros patinaban en el campo enlodado, los alemanes podían hacer su juego. El zapatero era Adi Dassler, el fundador de Adidas.
Lodazal, ese pareciera ser el escenario después de las elecciones: un país fraccionado, cuyas partes se aglomeran entre los que no soportan a uno, los que no soportan al otro y los que no soportan a ninguno; unidos por odios más que por esperanzas, por desprecios más que por entendimientos; humillaciones acumuladas por años de años nos han convertido en enemigos de nosotros mismos. Desde hace cinco elecciones que es así: Lima y costa norte contra el resto del país, con un mundo andino cada vez más contestatario; las ciudades contra los pueblos rurales; los sectores A y B contra los C, D y E. Diferencias siempre habrá, pero sin entendernos nos estamos convirtiendo en mitades de países distintos que ya no se reconocen ni se quieren. La democracia y la economía están heridas, la república seguirá siendo una promesa incumplida, el Estado no será capaz de protegernos ni de dar servicios públicos básicos y la economía criminal gobernará en ausencia. Paremos el mundo un instante, porque así no podemos seguir, no podemos perder otros cinco años. Tenemos una última oportunidad, conocidos los resultados, desempatados apenas por décimas de punto porcentual, el que gane no lo habrá ganado todo y el que pierda tampoco lo habrá perdido todo, las matemáticas nos obligan a entendernos, porque para gobernar los unos necesitarán de los otros. Que la izquierda sepa de economía y la derecha de subsidios públicos; porque desde la realidad pura y dura, no hay más receta que generar dinero desde la inversión privada para invertirlo en financiar servicios públicos, lo demás es mentira; y que todos recordemos que la democracia supone entender a los otros, aprender a conciliar intereses; y que respetar la autonomía del sistema de justicia también exige que la justicia no se meta en la política; porque lo demás también es mentira. Estamos a menos de cuatro meses de otras elecciones, las regionales y municipales, claves para ejecutar el gasto público en todos los rincones del territorio; debiéramos obligarnos a que sean otra cosa. Pero no todo es gestión pública, tenemos heridas antiguas que poco nos importan, creyendo que son de otros, sin darnos cuenta de que también son nuestras. Tenemos que aprender a sanarlas. Necesitamos esos toperoles altos para salir del lodazal.