El refrán “del dicho al hecho hay mucho trecho” retrata con precisión una de las mayores crisis de nuestro tiempo: la incoherencia entre lo que se proclama y lo que se hace. Esta brecha ha erosionado la credibilidad no solo de la política o de las instituciones públicas, sino también del mundo empresarial. Hoy, la palabra empeñada ya no basta; se exige respaldo documental, firmas, huellas y hasta notarías. La confianza, ese intangible fundamental, se ha vuelto escasa.
En el ámbito empresarial —donde me desenvuelvo y desde donde promuevo buenas prácticas a través de un programa de televisión— esta incoherencia se manifiesta con frecuencia. En entrevistas, foros y eventos, abundan los discursos sobre propósito, ética, sostenibilidad, reputación y orientación al cliente. Sin embargo, cuando se contrasta el relato con las decisiones reales, aparecen las contradicciones: empresas que hablan de bienestar, pero exprimen a sus colaboradores; organizaciones que proclaman innovación, pero castigan el error; compañías que enarbolan la transparencia, pero solo comunican cuando no tienen alternativa.
No es una tensión nueva. San Pablo lo expresó con crudeza hace siglos: “No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero”. Esa contradicción humana se replica hoy en la empresa privada. El problema no es tener discursos ambiciosos, sino la distancia entre esos discursos y la práctica cotidiana. Cuando el propósito se usa solo para figurar en la foto o mejorar indicadores de reputación, el efecto termina siendo contraproducente.
Existen ejemplos internacionales que muestran ambas caras. Volkswagen, con el escándalo del Dieselgate, proclamaba sostenibilidad mientras manipulaba pruebas de emisiones, pagando luego un altísimo costo reputacional. En contraste, empresas como Patagonia han demostrado coherencia al alinear su propósito ambiental con decisiones reales: desde campañas que desincentivan el consumo excesivo hasta donaciones estructurales para la protección del planeta. Del mismo modo, Microsoft ha avanzado en inclusión y cultura organizacional cuando su liderazgo decidió que esos valores se reflejaran en políticas internas medibles y sostenidas en el tiempo.
La incoherencia hoy ya no pasa desapercibida. Las redes sociales, los colaboradores y los consumidores actúan como auditores permanentes. En medios de comunicación, por ejemplo, se suele justificar cualquier contenido apelando al rating o a la sintonía, incluso cuando ello empobrece el debate público. El problema no es solo del mercado, sino de las empresas que no se autorregulan ni ponen filtros, piden mejores contenidos, pero apoyan contenidos por rating per se, contribuyendo a una lógica donde todo vale con tal de captar atención. Lo cualitativo ya no es considerado, por más que contribuya a un mejor país.
Recuperar la confianza exige ser más severos con nuestras propias decisiones antes de criticar a otros. La coherencia empresarial no es un lujo moral: es un activo estratégico. Solo cuando el discurso y la acción caminan al mismo ritmo podremos decir, con propiedad, que “del dicho al hecho ya no hay trecho”.