Tántalo descuartizó a su hijo Pélope y lo ofreció en banquete a los dioses. Enterados a tiempo, los dioses tuvieron misericordia y lo resucitaron. Con un detalle, Deméter ya se había comido parte del hombro, así que en la reconstrucción lo sustituyeron con una pieza de mármol. Poseidón lo nombró su copero, el que probaba bebidas y comidas antes que su señor para que no fuese envenenado. También fueron amantes. Pélope llegó a ser rey de Pisa, no de la ciudad italiana de la torre inclinada, sino de una ciudad en la península griega que, en su honor, empezó a llamarse la península del Peloponeso. En el siglo V antes de Cristo, en Grecia prosperaban la filosofía, la literatura, el teatro, la arquitectura, la escultura y la democracia. Sin embargo, los griegos, en lugar de disfrutar ese esplendor, se dedicaron a pelear. Primero contra los persas, solo que por entonces los griegos eran helenos (en honor a Helén, el Noé de la mitología griega, patriarca de las tribus del territorio que luego los romanos llamarían Grecia) y los persas eran medos (en honor a Medeo, hijo de Jasón, el que buscaba el vellocino de oro y que fundó su tribu al medio de lo que luego sería Persia). A esas guerras entre griegos y persas se les conoce como las guerras médicas. Atenas ganó fama en la batalla de Maratón, en cuyo homenaje se disputa la carrera de 42 kilómetros, recordando la proeza de Filípides, que corrió hasta Esparta para avisar la invasión persa, y la de Eucles, que corrió hasta Atenas para anunciar la victoria. También Esparta ganó fama en la batalla de las Termópilas, de la que se han producido varias películas en recuerdo de los 300 guerreros que sellaron el estrecho que daba acceso a las ciudades griegas. Los griegos unidos ganaron, pero luego se pelearon entre sí, en unas guerras que se llamaron las guerras del Peloponeso, narradas por Tucídides (460-396 a.C.), el historiador más antiguo. Explicaría que el conflicto fue inevitable por el ascenso de Atenas, que exigía el reconocimiento como potencia emergente, y el temor de Esparta a perder su posición como potencia dominante.
La “trampa de Tucídides” se refiere al conflicto entre potencias que se resuelve generalmente en una guerra, pero también plantea el dilema de si se puede resolver por negociación. La frase fue acuñada por Graham Allison (The Atlantic, 2015) para referirse a ese dilema entre Estados Unidos y China. La repitió Xi Jinping en su discurso en la cena de bienvenida a Trump: “¿Podrán Estados Unidos y China superar la Trampa de Tucídides y abrir un nuevo paradigma de relación entre grandes superpotencias? Estas son las preguntas de la historia. Usted y yo debemos escribir juntos la respuesta como líderes de grandes potencias. Si cooperamos ambos ganamos, si nos enfrentamos ambos perdemos. Debemos ser socios y no rivales”. Claro y directo. Trump había anticipado la respuesta: en la delegación que lo acompaña en China no hay diplomáticos ni militares, solo los CEO de empresas supergigantes. Como lo hicieron Roosevelt y Stalin al final de la Segunda Guerra (Yalta, 1945), Trump y Xi Jinping van a negociar cómo repartirse el mundo.
Mientras tanto, por acá nos dividimos entre quienes no van a votar por Keiko, quienes no van a votar por Sánchez y quienes no van a votar por ninguno. Curiosa elección en la que no se vota, sino que se veta; sabemos lo que no queremos, pero no sabemos lo que queremos; llenos de incertidumbres cuando los tiempos exigen certezas. Elegir presidente no lo es todo, pero es importante, por ejemplo, para destrabar inversiones mineras para asegurar el crecimiento de los próximos años. Sin crecimiento no se resuelve ningún problema, y tenemos muchos. Tampoco vemos que hay poderes más allá del presidente: el Congreso, la administración de justicia, los organismos autónomos; poderes reales, como los de la economía formal y los de la economía criminal; y poderes superiores, como los de Estados Unidos y China. Habrá prosperidad o desgracia según lo que venga, pero sobre todo según cómo lo enfrentemos. Sin embargo, aquí seguimos sin entendernos, presos en una trampa de Tucídides local, poniendo luces en lo que divide para alentar conflictos, en lugar de encontrar lo que une para prosperar.