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De goles y votos

"Se nos van a juntar las angustias del fútbol con las de la política. No vamos al Mundial, pero, acostumbrados a ser hinchas de países ajenos, viviremos en adrenalina permanente desde el inicio hasta el final…”.

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(Midjourney/Perú21)
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Fecha actualización:
03/05/2026 - 07:05
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Se nos van a juntar las angustias del fútbol con las de la política. No vamos al Mundial, pero, acostumbrados a ser hinchas de países ajenos, viviremos en adrenalina permanente desde el inicio (11 de junio) hasta el final (19 de julio); en ese mismo tiempo, tendremos la segunda vuelta (7 de junio), el conteo rápido, la auditoría de los votos y saber cómo será el nuevo gobierno (28 de julio). Los teloneros del fútbol están poniendo la valla muy alta. Esta semana, en las semifinales de la Copa de Campeones, se jugó uno de los mejores partidos de la historia (PSG 5 vs. Bayern 4), con un despliegue maravilloso de estrategias, calidad y entrega. El fútbol es lindo; los chicos ya no sueñan con los mundos mágicos de Disney, sino con ser mascotas para salir al campo de la mano de sus nuevos héroes, las estrellas de los equipos. La gracia cuesta unos mil dólares por criatura en partidos de élite. Los estadios fueron remodelados y las muchedumbres domesticadas para que el espectáculo lo disfrute toda la familia. Pero no siempre fue así.

The Times cuenta que Patrick Hooligan había asesinado a un policía (1898), luego moriría en una cárcel de Londres; el pueblo lo recordaría como un criminal brutal y su nombre sería usado como adjetivo para calificar de hooligans a los pobladores de las zonas marginales, usualmente desempleados, que defendían agresivamente sus territorios, al estilo de las Pandillas de New York. En los años sesenta, el adjetivo se lo pusieron a las barras bravas de fútbol, que desbordaban violencia y destruían los alrededores. Los días de partido, los buses y los trenes eran los destartalados, para reducir el costo de los destrozos. El fútbol se convirtió en un espectáculo peligroso, con muertos y heridos. Llegaron tragedias mayores, provocadas por imprudencia de la policía, avalanchas de gente en pánico que morían aplastadas contra muros y puertas cerradas. Pasó aquí, en el Nacional, murieron 328 en la clasificación para las Olimpiadas de Tokio contra Argentina (1964). Hasta que en Anfield murieron 96 en la semifinal entre Liverpool y Nottingham por la copa inglesa (1989) y Margaret Thatcher afrontó el problema (el Informe Taylor). Las cosas empezaron a cambiar: se eliminaron las graderías para espectadores parados, todas serían butacas y boletos numerados para identificar a los aficionados, muchas prohibiciones (alcohol), supervigilancia (incluyendo los policías que dan la espalda al campo para ver al público), cámaras de seguridad y penas muy severas. Quince años después Inglaterra no ganaría la sede del Mundial de 2006 porque aún no había concluido el proceso; se la dieron a Alemania. El fútbol empezaba a ser un gran negocio, pero exigía que el espectáculo fuese seguro.

Cambiar conductas es un proceso difícil y demora, pero se puede. El inicio es un buen diagnóstico. Veamos el de la política. Está la de corta duración, que le interesa ganar estas elecciones, como se pueda; está la de mediana duración, que mira las elecciones de 2031 y que no le importa boicotear lo que venga, con tal de ser el ganador en cinco años; y está la de larga duración, la que apuesta a que el crecimiento seguirá siendo sostenible y que será suficiente para que, poco a poco, pobrezas y desigualdades se vayan reduciendo. Está la política de la escena oficial, la del Ejecutivo vs. Congreso; pero también está la otra, la de los gobiernos regionales y municipales, la del Poder Judicial, la de los fiscales, la de las entidades autónomas. Está el poder de los medios de comunicación, el de la academia, el de las redes y el que se generan los ejércitos de trolls. Está el poder de la economía formal y el de la economía criminal. Está el poder de las potencias, moviéndonos según el atractivo que tengamos para los Estados Unidos o China. Está la geopolítica regional, con las sucursales de espionaje influyendo aquí, manipulando allá. Y, en medio de toda esta maraña, están, atrapadas, las esperanzas de millones de peruanos. Todo tiene solución, pero se requerirá ciencia para el diagnóstico, habilidad para un acuerdo nacional que proponga un plan, coraje para ejecutarlo, mucha fe para creer que es posible y, aunque seamos agnósticos, la esperanza de seguir creyendo que Dios todavía es peruano.

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