Esta semana, el Banco Central de Reserva reveló un dato que, más que alegrarnos, debiera interpelarnos: los términos de intercambio de nuestro país han alcanzado su nivel más alto en 75 años. Particularmente favorable ha sido el último año, durante el que estos se incrementaron en casi 18%.
¿Qué son exactamente los términos de intercambio? Pues son un indicador que compara el nivel promedio de precios de nuestras exportaciones con el nivel promedio de precios de nuestras importaciones. Así, cuando los precios de lo que exportamos suben con relación a los precios de lo que importamos, nuestros términos de intercambios mejoran.
Para entender la relevancia de este indicador, es útil hacer una analogía con nuestra economía doméstica. A ese nivel, nuestra situación mejorará si el precio de aquello que vendemos (ya sea un producto o servicio) sube, y el precio de lo que compramos (como alimentos, ropa, vivienda) baja.
Pues lo mismo pasa a nivel país, solo que, en ese caso, lo que vendemos son nuestras exportaciones, y lo que compramos son nuestras importaciones. Por ello, un incremento en los términos de intercambio será siempre una buena noticia pues, dicho en simple, implica que vendemos caro y compramos barato.
La actual mejora en nuestros términos de intercambio obedece fundamentalmente al incremento de la cotización de ciertos metales como el cobre o el oro, con importante participación en la cartera peruana de exportaciones. De otro lado, ha influido también la reducción de precios en algunos de nuestros principales productos de importación, como los combustibles, maquinaria, bienes manufacturados, etcétera.
Ahora bien, ¿por qué, si estamos teniendo niveles históricamente altos de términos de intercambio, los resultados de crecimiento vienen siendo tan mediocres (3.3% el año pasado y una previsión igual o ligeramente menor para este)?
La respuesta es simple: falta de inversión. Los términos de intercambio deben interpretarse como una dirección hacia la que dirigir nuestros esfuerzos productivos. Si el cobre está por las nubes, deberíamos estar invirtiendo para ampliar nuestra capacidad de producir ese bien, ya sea a través de mayor exploración minera, o de ampliación de las operaciones actuales. Además de expandir nuestra frontera productiva futura, estaremos generando un dinamismo en el muy corto plazo a través de las contrataciones y compras domésticas. Lamentablemente, eso no es lo que vemos hoy.
La mejora en los términos de intercambio también debería ser el momento para fortalecer nuestra situación fiscal: reducir el déficit y prepararnos para los tiempos de vacas flacas, que inevitablemente llegarán. No obstante, lo que observamos es lo contrario: en 2023 y 2024 incumplimos la regla fiscal (con un déficit mayor al permitido por ley), y para este 2025 se espera un nuevo déficit de 2.6%, nuevamente por encima de la regla de 2.2%. Así, la salud de nuestras finanzas públicas —durante años la principal fortaleza de nuestra economía— viene gradualmente deteriorándose.
En el pasado, con condiciones externas considerablemente menos favorables, hemos alcanzado resultados mucho más satisfactorios, como en la segunda mitad de la década del 2000, cuando logramos crecer a tasas cercanas al 9%, y lejos de generar un déficit, se generaban superávit fiscales (2.2% en 2006, 3,1% en 2007 y 2.1% en 2008).
No está de más recordar que el crecimiento no es solo una “fría cifra macroeconómica”. Por el contrario, es un resultado con efectos muy concretos en la vida cotidiana de las personas. Basta con notar que, precisamente en esos años de alto crecimiento que iniciaron hace un par de décadas, se registró la más importante reducción en la pobreza en la historia del Perú.
Por ello, más que una buena noticia, este nuevo pico en los términos de intercambio debiera ser un llamado de atención. Ya muchos países quisieran enfrentar un contexto tan favorable. ¿Qué estamos haciendo nosotros para aprovecharlo? Sin un cambio en la visión, ni el mejor de los vientos nos permitirá navegar en la dirección correcta.