La vejez en el Perú no es sinónimo de descanso. Para casi la mitad de los adultos mayores, no hay pensión. Y entre quienes sí reciben, la mayoría sobrevive con programas sociales que apenas alcanzan para una canasta básica. En nuestro país, jubilarse es seguir trabajando hasta donde el cuerpo aguante o depender de la ayuda de los hijos.
Pero lo que ya es duro hoy será trágico en el futuro. En 2025 tenemos 3.4 millones de adultos mayores. Para 2070 serán 9.5 millones. El ratio de dependencia de la vejez —la proporción de personas mayores respecto a la población en edad de trabajar— pasará del 15% actual a casi 40%. Y lo más alarmante: más del 80% de esa población no tendrá pensión. Hablamos de 7.8 millones de peruanos.
Viviremos más años —la esperanza de vida después de los 65 superará los 88 años—, pero lo haremos sin recursos. Nuestros padres y abuelos tuvieron en promedio 4 o 5 hijos, lo que ofrecía un mínimo de soporte intergeneracional. Pero en las próximas décadas, las cohortes mayores tendrán uno o dos hijos, y muchos no tendrán descendencia. Más viejos, más solos, más pobres: ese es el escenario que se dibuja.
El mercado laboral sigue atrapado en la informalidad, con bajos salarios y escaso ahorro. Solo tres de cada diez trabajadores aportan regularmente a un sistema previsional, y en promedio lo hacen seis años de su vida laboral. El resultado: millones llegarán a la vejez sin ningún ahorro acumulado.
Muchos jóvenes de la llamada Generación Z creen que la respuesta es eliminar la obligatoriedad de los aportes. Si hoy la situación ya es precaria, en 2070 lo será mucho más. Sin un esquema básico de ahorro obligatorio, la intemperie alcanzará a casi 8 millones de personas mayores. Y un país con esa magnitud de pobreza en la vejez, enfrentará un costo fiscal y político insostenible.
De eso trata el Informe Ronin360 que publicó esta semana Perú21. Allí se muestra con cifras claras que la Generación Z será la primera en enfrentar la combinación más cruel: más longevos, más numerosos y con menos hijos que los sostengan. Y que, si no actuamos ahora, la vejez de esa generación será la peor de nuestra historia.
Por supuesto, las reformas previsionales son parte de la respuesta. Necesitamos blindar el carácter previsional del sistema, ampliar cobertura y reducir el populismo que amenaza los fondos. Pero no basta con eso. El verdadero desafío está en la estructura: cómo reducir la informalidad, cómo elevar la productividad, cómo construir un sistema de protección social que no se limite a la pensión, sino que abarque también salud y desempleo.
La Generación Z no está pidiendo soluciones, las está exigiendo. Porque su futuro depende de lo que hagamos hoy. La vejez nos alcanzará a todos. La diferencia será si nos encuentra preparados o desprotegidos.