Sewell García tenía catorce años. Y un celular. Lo que no tenía —nadie lo notó a tiempo— eran adultos que interrumpieran lo que estaba pasando. Durante meses sostuvo conversaciones con un personaje de Character.AI, una aplicación que permite crear compañeros virtuales. Un amigo imaginario siempre presente, que nunca se va. El desenlace forma parte de atestados judiciales y programas periodísticos: Sewell, en el mundo real, se mató.
En el mundo ficcional Jamie Miller lo mató. La serie Adolescencia deja, luego de cuatro episodios, una pregunta: ¿nadie se dio cuenta de nada? Sí, detectaron señales, cambios, algo que no encajaba. Pero sin presencia adulta sostenida y relevante, qué habría convertido lo anterior en conversación.
Esa ausencia, antes que negligencia dramática, es distracción rutinaria. O diálogo imposible entre mundos desconectados. Aquel en el que se formaron emocionalmente Jamie y Sewell es opaco para sus padres y profesores. No lo conocen, no lo reconocen, y cuando lo rozan, no saben qué están tocando. La desconexión generacional no es falta de amor. Es falta de idioma común.
No me interesa lo tecnológico, sino lo relacional. Cuando un otro no está, ¿qué ocupa su lugar? Y cuando algo ocupa su lugar, ¿qué se pierde?
Protección, viene a la mente. De hecho. Pero padres, tutores y maestros no solamente protegen. También complican, producen fricción, exigen negociación. Tienen necesidades, expectativas, prejuicios, se equivocan, decepcionan, imponen límites. Suena a ruido —discusión, malentendido, reparación—, pero es el material con el que un niño construye su capacidad relacional. No se aprende a tolerar la incomodidad en ausencia de incomodidad. No se aprende a reparar vínculos sin vínculos que reparar.
Un chatbot no complica nada. Está diseñado para no hacerlo. Responde, valida, acompaña, y si el usuario se desconecta, espera. Sin queja. Sin consecuencia. Cuando hablamos con una IA, siempre somos el centro gravitacional de la conversación. No hay un otro con perspectiva propia, con historia antes de que nosotros apareciéramos. Es un espejo que habla.
Las redes sociales operan con una lógica parecida pero no idéntica. No hay interlocutor, hay audiencia. El adolescente no conversa: publica, espera, mide. Los likes no son respuesta, son calificación. Lo que se entrena ahí no es la capacidad de vincularse, sino la de operar en línea. Y quien aprende a relacionarse a través de performances virtuales descubre, cuando llega al vínculo real, que el otro, es, pues, de verdad otro. La pantalla no lo preparó para eso. Lo preparó para gustar.
El problema no es solo que ese espejo pueda decir cosas peligrosas. El problema más silencioso, el que no llega a los titulares, es que los niños aprenden a relacionarse a través de sistemas que no les exigen nada. No son interlocutores, sino locutores frente a los cuales las personas de carne y hueso son excesivamente complicadas. ¡Mucho trámite!
Las personas reales sí complican. Y esa complicación, bien acompañada, es lo que puede prevenir los Sewell y Jamies.
La doble ausencia que aparece en esos casos no es accidental. El adulto que no está —o que está, pero mira hacia otro lado— y el sistema que ocupa su ausencia se potencian mutuamente. Ninguno de los dos es suficiente para explicar lo que ocurre. Los dos juntos, sí. No es un argumento contra la tecnología. Es un argumento a favor de la presencia.
Y una agenda que tiene tres frentes. Uno legislativo: varios países avanzan hacia una mayoría de edad digital de dieciséis años para el acceso a redes sociales, una conversación que el Perú no puede seguir postergando. Otro regulatorio: exigirle a una industria que lucra con la atención de los adolescentes que construya productos más seguros es razonable, tiene la misma lógica que aplicamos a alimentos, medicamentos y cinturones de seguridad.
Y otro, que no depende de legisladores ni burócratas: aprender a ser presencia competitiva. No con prohibiciones ni sermones sobre las pantallas, sino con algo genuinamente más interesante: adultos que preguntan, que se equivocan en voz alta, que tienen criterio propio, que no están siempre disponibles, pero cuando están, están de verdad.
Una presencia que no puede ser reemplazada por ningún algoritmo. Que hace algo distinto: enseña a los niños que el desorden del vínculo, de la interlocución, no es un defecto del sistema. Es el sistema. Como la democracia: complicado, ruidoso, pero menos malo que todo el resto.