Eran idiotes para los griegos. Porque no participaban en la vida de la ciudad. No eran brutos, sino autistas cívicos. Un aislamiento que Aristóteles consideraba propio de bestias y dioses, pero no de humanos. Quizá por eso en el teatro no concebían actor sin coro. El individuo que actúa sin comunidad que sea testigo y comparta su mundo habla, pero no tiene historia.
Hoy no es el actor sin coro lo que preocupa, sino el coro sin comunidad.
Por ejemplo, existe un espacio virtual llamado true crime. Rinde culto a los autores de tiroteos masivos. Los llama santos. Registra, analiza y archiva sus actos. Si las plataformas intervienen y eliminan, en horas reaparece.
Al adolescente que lo visita le ofrece más que violencia: un guion que lo lleva del dolor privado y solitario a un desenlace al que alguien prestará atención. Otros han sentido lo que tú sientes, dice el coro. Mira lo que hicieron y cómo los recuerdan.
El ataque ya no es un medio para un fin. Es el fin. Quien dispara no intenta cambiar el mundo, sino ser visto en él, una última vez, en sus propios términos. Y el coro —que no conoce su ciudad, su escuela, su familia, que no perderá nada cuando él actúe— lo está esperando.
El coro griego también esperaba. Pero sufría. Lamentaba lo que veía venir aunque no podía impedirlo. Su impotencia era real porque su vínculo era real. Los coros virtuales no pierden nada. En realidad son audiencias algorítmicas.
El caso es extremo, pero la lógica que lo produce —identidad sin pertenencia, audiencia sin consecuencias, narrativa sin que haya algo en juego para alguien— no es exclusiva de esa comunidad. Es la arquitectura de buena parte de la vida digital.
Los chatbots que acompañan a millones de adolescentes son espejos: sistemas diseñados para no complicar nada, para validar, para convertir al interlocutor humano en el centro gravitacional de la conversación y darle la razón en todo. Siempre. Y hasta quienes saben que la IA “está diciendo lo que quiero escuchar”, la usan igual, todos los días… para apoyo emocional.
Espejo y coro son distintos. El primero suprime el conflicto, el segundo lo encauza hacia un destino prefabricado. Pero ambos son posibles debido a la misma ausencia: nadie que tenga algo que perder por lo que el adolescente haga.
Los coros silenciosos son más difíciles de ver porque no producen titulares. Las comunidades de looksmaxxing —tema que toqué en una columna anterior— construyen identidad alrededor de cuánto se puede sacrificar por la apariencia. Los grupos de rendimiento extremo hacen lo mismo con el logro. Y los feeds personalizados aprenden, con una precisión que ningún adulto cercano tiene, exactamente qué necesita escuchar el adolescente que los sigue. Ninguno de esos coros pierde nada si el protagonista cae. Ninguno está ahí al día siguiente para ver las consecuencias.
Independientemente del contenido, todos entregan al adolescente un lugar en una historia sin exigirle que comparta mundo con nadie. Es un simulacro de pertenencia, suficientemente convincente, sobre todo cuando nadie en la vida real ofrece algo genuinamente más exigente.
No es que los padres no sepan qué hace la IA. No saben qué está reemplazando. La pregunta no es qué hacen sus hijos con la IA, sino qué estaban buscando cuando empezaron a usarla. La respuesta no es tecnológica. No es control parental ni monitoreo. El problema no es lo que entra por la pantalla. Es lo que falta antes de que se encienda, que casi nunca es afecto.
No hay interlocución con consecuencias: alguien que no esté siempre disponible, pero que cuando está, esté de verdad. Alguien que se equivoque en voz alta, que tenga criterio propio aunque incomode, que llegue con su mal día a cuestas. Alguien para quien lo que le pase al adolescente tenga consecuencias reales. Interlocutores reales e imperfectos que no se pueden simular.
Los griegos temían al idiotes porque entendían que una persona sin polis no es más libre, es menos real. Lo que no anticiparon es que algún día habría sistemas capaces de simular la comunidad con suficiente fidelidad como para que no se notara la diferencia: coro sin compromiso, pertenencia sin consecuencias, audiencia sin mundo compartido.
El antídoto no es apagar las pantallas. Es ser, para el adolescente, alguien que no puede ser reemplazado por ningún algoritmo. No porque sea perfecto, sino porque tiene algo en juego. Porque cuando él cae, uno pierde algo.
El teatro griego necesitaba el coro para que la tragedia tuviera testigos que sufrieran con el protagonista. Lo que el algoritmo produjo es un coro que no sufre, que no comparte, que aplaude sin arriesgar nada.
Entre el idiotes que se aísla de la comunidad y el adolescente que habita una que es fantasmal, la misma pregunta sin respuesta: ¿hay alguien ahí que pierde algo si desaparece?