Alguien que insiste en llevar a cabo algo que genera daño a los demás, pretendiendo resolver una situación, que no gana con ello —hasta puede perder— y sigue en su accionar sin corregirlo, ni se da cuenta de que mejor sería no hacer nada. Es un estúpido.
No es un asunto de coeficiente intelectual, necesariamente. Claro, está la escasez de entendimiento, que produce estupidez honorable. No entender un argumento difícil, ignorar hechos, desconocer técnicas: eso es estupidez honorable, y quizá temporal.
O está la explicación que damos a ciertos rituales, etiquetas, protocolos y hasta artículos constitucionales, que examinados con lupa lógica resultan parcial o totalmente absurdos y arbitrarios. ¿Por qué apagar soplando velitas, poner el tenedor en tal lugar, prohibir tal comida, ir de derecha a izquierda en tal gesto, tales colores de la bandera nacional? Estupideces funcionales. Integran, dan pertenencia, producen identidad. No por verdaderas, sino por compartidas.
Ninguna de las anteriores preocupa demasiado. Hay una que sí: esa que, en realidad, es el producto más oneroso de la inteligencia, la estupidez inteligente. Es muy cara, consume recursos y también los destruye. Se disfraza con argumentos articulados, metodologías complejas, teorías elegantes, presentaciones solemnes, intenciones de salvación y reparación. Su poder inercial supera cualquier fricción.
Esta estupidez perversa tiene dos formas.
La del proyectista: la herramienta es correcta, la teoría es sólida, pero se aplica al problema equivocado, y el resultado empeora lo que ya funcionaba, aunque no de manera ideal.
Aplicar la lógica del tráfico vehicular a la vida de barrios enteros terminó destruyendo comunidades. Evaluar ejecutivos cada año y despedir al diez por ciento peor calificado produjo sabotaje entre colegas para no quedar en el último decil, y colapsó la motivación que debía fomentar. Carruseles infantiles instalados en aldeas para que el juego de los niños bombeara agua limpia del subsuelo eliminaron las bombas manuales que ya funcionaban, y cuando se averiaron, nadie sabía repararlos.
Nada de ignorancia. Harto financiamiento. Cero mala fe. Mucho tiempo perdido, en lo público, en lo corporativo, en las agencias de ayuda. Daños enormes.
Y la del narrador, que es más antigua y más resistente: en vez de corregir el error, se fabrica un culpable. Si el modelo ya se declaró exitoso —la revolución triunfó, el mercado se corrigió, la reforma funcionó, la empresa ya cambió— cualquier fracaso visible deja de ser evidencia y pasa a ser sabotaje.
Cuando una empresa implementa una transformación diseñada por una consultora prestigiosa y los resultados empeoran, rara vez se concluye que el diseño fue el problema. Se busca un responsable: el gerente que la lideró, al que se separa de la empresa por “no haber ejecutado bien”. La consultora, en cambio, sigue vendiendo el mismo diseño a la competencia al año siguiente.
Hace falta un enemigo: unificado, intencional, desproporcionadamente poderoso para su tamaño real, al que eliminar en vez de corregir. Nunca se le exigen cuentas a los verdaderos responsables del diseño. Esta variante siempre existió, pero nunca fue tan eficaz como ahora, porque los algoritmos que organizan lo que vemos premian exactamente esa historia: la unificada, la que tiene villano, por sobre la explicación dispersa, aburrida y verdadera.
Las dos variantes, la del proyectista y la del narrador, comparten un rasgo que las hace más terribles que la simple ignorancia: ambas se presentan a sí mismas como la solución, no como el problema. Nadie financia un proyecto diciendo que va a empeorar las cosas. Nadie persigue a un enemigo diciendo que lo inventó. Por eso la estupidez inteligente sobrevive donde la ignorancia honesta se corrige sola: porque viene, siempre, vestida de la mejor intención. El proyectista culpa a la implementación; el narrador culpa al enemigo. En ambos casos, la hipótesis original queda inmune a la evidencia.