Si hay algo que nunca falla en el Perú en los peores momentos —aparte de los terremotos— es la aparición rotunda e incontestable de la cojudez en estado puro.
Se manifiesta como un arcoíris difuso y amorfo, pero igual de majestuoso en una exactitud esférica que cubre de cojudez la bóveda celeste que nos ampara.
Como un imán al hierro, la crisis invoca el fenómeno con una previsibilidad matemática. Al llegar, la cojudez se respira, se vuelve una sensación atmosférica. Por eso, razón tenía Sofocleto, nuestro primer cojudólogo, cuando decía que la cojudez no se define: se vive.
Unas elecciones críticas y determinantes como las que atravesamos no podían quedar al margen de esta manifestación natural de nuestra idiosincrasia histórica: hay cojudos que postulan, cojudos que votan y hay quienes votan como cojudos.
Seamos claros. El país ya está lo suficientemente polarizado como para andar repartiendo insultos. No se trata de eso. Se trata de lo que somos. Habrá quienes interpreten estas líneas como una cojudez rotunda de principio a fin, y nadie tendría por qué ofenderse: el tema en cuestión nos envuelve como si fuera una bicolor compasiva. Parafraseando al dramaturgo latino Publio Terencio: nada de lo cojudo nos es ajeno.
Además, muchas veces el problema no es ser un cojudo, sino dejar que nos agarren como tales.
Eso fue lo que ocurrió, por citar un ejemplo reciente, cuando Pedro Castillo logró que una cantidad significativa de ciudadanos honorables obviaran la severa amenaza de incompetencia, corrupción y atraso que representaba su candidatura, y que pese a las evidencias votaran por él. Los resultados ya los conocemos: golpe de Estado, Dina, Jerí, Balcázar y una elección con 35 candidatos, incluyendo uno muerto que, pese a su condición irreversible, quedó penúltimo. Cojudez gourmet. Cojudez catedralicia.
A quienes decidieron votar por Castillo como un acto de dignidad para no hacerlo por Keiko Fujimori se les agrupó bajo el hiriente apelativo de cojudignos. Es una canallada convertir una virtud en insulto. Fue la manera tosca de referirse a la incoherencia de dispararse al pie como mecanismo para alcanzar la pureza moral. Esta no existe. Menos aún en política: en el Perú hay que tomar antibióticos antes de ir a votar.
Ahora que el embuste del sombrero regresa con alevosía y ventaja aparecen —más acotados— algunos síntomas de una nueva activación del cojudignismo. Pero con un agravante serio: ya no existe margen de duda respecto al despropósito. La dignidad invocada tiene hoy más de ira que de virtud. Y en los peores casos, de cálculo. Es cuando la cojudez pierde espontaneidad y adquiere estructura consciente.
Dos ejemplos notables de esa categoría están representados —en distinto matiz— por José Domingo Pérez y Manuel Rodríguez Cuadros, flamantes escuderos de Roberto Sánchez, sanborjino que necesita ser chotano por motivos electorales.
El caso de Pérez es emblemático del carácter multimodal de la sintomatología en cuestión: lo cojudigno puede ser profesión y desequilibrio al mismo tiempo, duplicidad no necesariamente ajena al beneficio personal. Ejercerlo resulta siendo una manera de seguir viviendo del Estado incluso después de haber sido expulsado de él.
El caso del diplomático retirado incurre, además, en los incómodos terrenos de lo indefendible. Un embajador de carrera que renunció dignamente al servicio diplomático, tras el golpe de Castillo, hoy termina sumándose al candidato que, a pesar también de haber condenado el golpe, ahora necesita ser su clon, disfrazándose como él y añorando su indulto como estrategia electoral. No hay diccionario suficiente que justifique tan espléndida exhibición compartida de incoherencia por conveniencia.
Pero el oportunismo no es noticia. La verdadera novedad en las manifestaciones contemporáneas del fenómeno que nos ocupa parece venir del otro extremo del espectro político, donde empiezan a aparecer indicios de un reflejo espejo: el cojuporky. Los extremos, como se sabe, terminan tocándose.
Según la transferencia de votos entre primera y segunda vuelta medida por Ipsos, hay un 12% de votantes de ‘Porky’ dispuestos a votar por Roberto Sánchez el próximo 7 de junio. Es el equivalente político a que un chancho vaya a cortar la leña con la que luego lo cocinarán al palo.
Son votantes que no reaccionan así por dignidad, sino por despecho y piconería azuzada por las idas y vueltas de su líder al momento de responsabilizar a otros de sus propios errores.
La negación y la ira son las dos primeras etapas de aceptación de lo terminal. Eso haría suponer que los siguientes pasos del cojuporkysmo serían negociación, depresión y aceptación, etapas que podrían completarse —o no— antes de la segunda vuelta. Su líder, por ahora, no parece haber avanzado emocionalmente demasiado. Dejemos el espacio necesario para que dicho estado de ánimo procese la realidad, único tratamiento contra el síndrome.
No debe descartarse otra categoría conductual: el cojufuji. En ese aspecto, el fujimorismo se ha cuidado en esta campaña, labor facilitada por el estar flanqueados por un cerdo con metralleta por un lado y por un antaurista con metralleta del otro. Pero la categoría existe no solo como posibilidad, sino como archivo histórico. Sus ejemplos sobreviven en la nostalgia reposteada ad infinitum de esa etapa inaugurada con el disolver, repito, disolver. Lo del golpe de Castillo es un sofisma: el fue quien dio el golpe, luego fue vacado dos horas después. No al revés. Una cojudez cronológica, lqqd.
Cojudignos, cojuporkys, cojufujis: ninguno de nosotros estamos libres de ser convocados por la miel autocomplaciente de la cojudez. Pero intentemos reservar esa impetuosa vocación del espíritu para nuestros ratos libres, no para cuando está en juego el futuro. Es decir: seamos cojudos, pero no seámoslo siempre.