¿Nunca quisiste rebelarte, no seguir el camino de Isabel Álvarez, tu madre?No. Como todo hijo, tuve mi etapa de rebeldía, pero siempre fui capaz de conversar con mi madre. Además, platicar sobre cocina con ella siempre fue fascinante. Esto es lo bueno de la gastronomía: es una pasión, te lleva a momentos plenos de belleza; a los olores, al genio creativo de quienes nos precedieron. La cocina no es una profesión estricta, por eso fluyó en mí. Yo, como muchos cocineros, quería ser abogado, pero incluso en esos años ya llevaba la cocina conmigo. Entonces, me dije: "Hasta ahora me ha ido mejor en la cocina que leyendo un libro de derecho" (risas). Por eso, ni siquiera postulé a la carrera. Es más, mi madre me sugirió estudiar Hotelería.