El debate sobre cómo impulsar la productividad ha cobrado nueva fuerza. El reciente Nobel de Economía a Mokyr, Aghion y Howitt recordó que el crecimiento sostenible no depende solo del capital o del trabajo, sino de la capacidad de aprender, innovar y difundir conocimiento. Esa es precisamente la frontera que separa a los países que avanzan de los que se estancan.
Durante las últimas décadas, el Perú ha logrado estabilidad macroeconómica y reducción de la pobreza. Sin embargo, su productividad total permanece prácticamente inmóvil. Crecimos por acumulación de factores, no por innovación. Hoy, cuando el impulso de las materias primas puede desvanecerse, la pregunta es inevitable: ¿cómo dar el salto hacia una economía del conocimiento?
El espejo de India y Vietnam
Dos países que partieron con desafíos similares ofrecen lecciones valiosas.
India, según el Country Economic Memorandum (CEM) 2024 del Banco Mundial, busca convertirse en una economía de ingresos altos hacia 2047 a través de un modelo de innovación endógeno. En lugar de copiar, adapta y mejora tecnologías para su propio contexto. Invierte 0.7 % del PBI en I+D, impulsa alianzas universidad–empresa y promueve fondos de riesgo y esquemas de blended finance en sectores como la economía digital y farmacéutica. Su infraestructura digital —IndiaStack, Aadhaar, UPI— ha democratizado el acceso al sistema financiero, incorporando millones de PYMES. La clave ha sido una política coherente que vincula innovación, inclusión y productividad.
Vietnam también entendió que competir solo por bajos costos laborales tenía un límite. Su CEM 2025 indica una estrategia de transición “de la eficiencia a la innovación”. Con un gasto en I+D cercano al 0.5 % del PBI, busca llegar al 1 % al 2030. Para lograrlo, combina tres ejes: fortalecer universidades tecnológicas, movilizar inversión privada mediante el National Technology Innovation Fund y atraer centros de investigación extranjeros como los de Samsung o Intel.
Además, impulsa programas de desarrollo de proveedores locales, integrando a las PYMES en cadenas globales. En resumen, Vietnam apostó por aprender haciendo.
Perú: el reto de pasar del discurso a la acción
Nuestro punto de partida es mucho más débil. El CEM Perú 2025 advierte que solo el 15 % de las empresas medianas y grandes realiza actividades de innovación, y apenas el 7 % usa tecnología licenciada del exterior. La inversión en I+D no supera el 0.2 % del PBI —el nivel más bajo de América Latina— y la informalidad alcanza al 90 % del empleo en el segmento micro y pequeño.
Esto genera un círculo vicioso: baja productividad, escasa competitividad y dificultad para atraer inversión de calidad. A ello se suman distorsiones laborales, regulatorias y tributarias que encarecen la formalidad y frenan la innovación.
El diagnóstico es conocido; lo que falta es una política de Estado sostenida en el tiempo. No basta con programas dispersos de CONCYTEC o fondos pequeños de innovación. El Perú necesita un ecosistema que combine financiamiento, incentivos fiscales, universidades con vocación tecnológica y un Estado que reduzca la tramitología y premie la competencia.
Dónde empezar: minería y agroindustria
Dos sectores ofrecen el mayor potencial para iniciar el cambio:
i) Sector minero: Perú es un país con una vasta riqueza mineral, lo que le confiere una ventaja competitiva inherente. Sin embargo, el valor agregado de la actividad minera puede incrementarse exponencialmente a través de la innovación tecnológica. Existen numerosos precedentes exitosos en países como Chile, Australia y Canadá, donde empresas mineras han logrado no solo adoptar, sino también desarrollar productos y servicios tecnológicamente avanzados. Estos incluyen desde software especializado para la optimización de procesos extractivos y logística, hasta maquinaria de alta precisión y soluciones de gestión ambiental. Muchas de estas empresas se han transformado de meros extractores a exportadores de tecnología y conocimiento minero, generando una cadena de valor mucho más sofisticada y rentable. Perú podría emular este modelo, fomentando la creación de centros de investigación y desarrollo vinculados a la minería, promoviendo la colaboración entre la academia, el gobierno y la industria, y ofreciendo incentivos para la inversión en tecnologías innovadoras.
ii) Sector agroindustrial: La diversidad climática y geográfica de Perú le otorga un potencial agroindustrial considerable, evidenciado por el éxito de productos de exportación como los arándanos, la palta y los espárragos. El caso de empresas en Israel es particularmente ilustrativo en este ámbito. A pesar de sus limitaciones geográficas y climáticas, Israel ha logrado convertirse en un líder mundial en tecnología agroindustrial, desarrollando soluciones innovadoras en riego por goteo, variedades de cultivos resistentes, biotecnología agrícola y agricultura de precisión. Estas innovaciones no solo optimizan el uso de recursos y aumentan la productividad, sino que también permiten la producción en condiciones desafiantes y la creación de productos de mayor valor. Perú tiene la oportunidad de integrar estas tecnologías y desarrollar las suyas propias, enfocándose en la mejora de la eficiencia de los cultivos, la optimización y reducción de pérdidas “post-cosecha”, el desarrollo de nuevos productos procesados y la adaptación a los desafíos del cambio climático. Esto requeriría inversión en investigación genética, automatización agrícola, sistemas de monitoreo avanzados y certificaciones de calidad que permitan el acceso a mercados internacionales de alto valor, donde la calidad y la trazabilidad son cada vez más determinantes.
El salto pendiente
India y Vietnam muestran que la innovación no es patrimonio de los países ricos, sino el camino para dejar de ser pobres. En el Perú, la estabilidad macro ya no basta: necesitamos políticas que fomenten el aprendizaje productivo, la cooperación entre empresas, universidades y Estado, y un entorno regulatorio que premie el riesgo y la creatividad.
Sin esa apuesta, seguiremos atrapados en el crecimiento fácil de ayer.
Con ella, podríamos construir —por fin— un modelo de desarrollo basado en el conocimiento y no solo en los recursos naturales.