A veces no duele en un punto exacto, duele en general. Es una incomodidad constante que no puedo ubicar, pero tampoco ignorar.
No es necesariamente tristeza. Es levantarme en la mañana y sentir que comienzo el día perdiendo. Me miro en el espejo y noto que hay alguien, pero no sé bien quién es. Es seguir funcionando, cumpliendo, respondiendo, haciendo… pero con la sospecha de que no soy yo quien está ahí; yo me he quedado en otro lado.
No tengo interés por lo que antes me movilizaba. Estoy rodeado y, aun así, me siento solo… En estos momentos la soledad no tiene que ver con no tener a nadie; la soledad viene siendo no poder encontrarme conmigo.
No me está faltando nada, todo está ahí disponible; sin embargo, no alcanza.
Es una sensación de cansancio que no se repara durmiendo. Un silencio profundo que no se llena con ruido. La misma pregunta apareciendo constantemente: ¿para qué?
Entonces, entiendo que sigo porque hay que seguir, no desde el deseo, sino desde la inercia. No estoy viviendo, me estoy sosteniendo.
Estoy siendo como esa casa con todas las luces encendidas, pero no hay nadie viviendo adentro.
Salgo a caminar y es como si mis pasos no tocaran el suelo; la sensación de estar andando por un lugar donde todo ya pasó.
El invierno se está instalando en mi pecho.
Me habita un silencio denso, espeso, pesado…
No es que no esté sintiendo, es que todo lo siento lejos, como si la vida me estuviera pasando en otro idioma, en otro código…
Me hallo fragmentado, desconectado del presente. Me está costando sentir, sentirme. Me siento desarmado, sin sostén, emocionalmente en pausa. Me siento lejos de mí, estoy sin mí…
Drenado, en un loop mental, sin propósito, atrapado, apagado, roto… me pesa la mente…
No solo venimos a vivir, los seres humanos venimos a perder. Perder personas, perder etapas, perder certezas, perder versiones de nosotros mismos, perder expectativas. ¿Y qué se supone que debemos hacer cuando algo se pierde?… Y ahí aparece la tristeza, con su propio movimiento que va y viene y te pide que pares un momento.
Para, porque esto que pasó importa. No sigas como si nada. La tristeza no debe ser negada porque, si no, se enquista. Tampoco hay que quedarse en ella mucho tiempo porque, si no, te habita, te conquista, te secuestra.
Luego aparece el duelo, como un proceso existencial. Un camino que deberá ser recorrido por el alma para volverse a encontrar, a reorganizarse después de una pérdida. “Duelamos” todo el tiempo: por una relación terminada, por un proyecto que fracasó, por nuestros hijos que están creciendo, por el hijo que ya dejé de ser, por la versión mía que ya no soy, por esa expectativa que no se cumplió…
El duelo me está pidiendo aceptar esa pérdida a nivel emocional, sentir su impacto, reformatear mi identidad sin eso que acaba de desaparecer, volverme a encontrar con la vida… Es decir, el duelo es un camino y, como tal, se atraviesa para no arrastrarlo de por vida.
La pena es la narrativa de lo ocurrido, mi narrativa en acción, lo que me cuento sobre lo que pasó. Ahí aparecen la culpa, el reproche, lo que debió o no debió ser… Es bastante más peligrosa que las anteriores (duelo y tristeza) porque me puede dejar atrapado en mi pasado.
Aquí es muy importante no transformar la frase que todo el mundo te dice: “El tiempo lo cura todo”, “dale tiempo al tiempo”, “el tiempo sana”… Todas las anteriores, a lo mejor, hablan del tiempo del reloj, que no es el tiempo del alma. No sanas cuando pasa el tiempo, sanas cuando le das un sentido a lo que pasó. Lo que haces durante ese tiempo es lo que te sana.
Dos personas pueden estar atravesando la misma pérdida: una evoluciona y la otra se queda rota. ¿Qué pasó? ¿Qué hubo de diferente? La interpretación, la narrativa, la capacidad de integrar la experiencia.
No estoy sufriendo por lo que he perdido, sino por lo que significaba eso para mí. Necesito comenzar a dejar ir el significado sin yo perderme. Y, para que así sea, el único camino es sentir. No caer en la tentación de las distracciones o llenarme de actividades. Porque lo que no se siente se queda y lo que se evita vuelve más fuerte.
Aquí mi lucha es para que mi tristeza no se convierta en apatía, mi duelo no me estanque y la pena que estoy sintiendo no se convierta en mi identidad, en un “yo soy así”.
Me parece que esto no pasa por “ser positivo” o “pensar bonito”. A mí me funciona buscarle un nombre, poner en palabras reales lo que me está pasando. También creo que pelearme con lo que siento es no permitir el curso natural; es como ponerle un tapón a la tina cuando lo que más necesito es drenar. Resistirme me atorará.
La tristeza desde su visita, el duelo desde su transformación y la pena desde su secuestro me están haciendo la misma pregunta: ¿en quién me voy a convertir después de esto?
¿Qué versión de mí está desapareciendo con todo esto?
¿Qué conversación pendiente sigo teniendo en mi cabeza?
¿Quién soy yo sin esta persona?
¿Qué parte de mi identidad estaba sostenida en este vínculo?
¿Qué necesito perdonarme?
¿Qué cambiará en mi mundo cuando ella no esté?
¿Qué está quedando pendiente entre nosotros?
¿Qué palabras que no dije todavía podría decir?
¿Qué de ella vive en mí hoy?
¿Siento que hice lo suficiente? ¿Según quién?
¿Estoy en paz con cómo fue nuestro vínculo?
¿Qué versión de mí necesita salir ahora?
¿Qué me daba ella que hoy siento que ya no tengo?
¿Dónde voy a ir a buscar ahora eso que ella representaba?
¿Qué le diría en una última conversación?
¿Qué no quiero olvidar de ella?
¿Qué cosas de ella rechazo, pero las estoy repitiendo en mí?
¿Qué estoy replanteando en mi vida?
¿Qué parte de mí se está rompiendo y cuál se está transformando?
¿Qué crecimiento me exige este dolor?
El próximo sábado 9 de mayo me vuelvo a parar en un escenario, esta vez para contarles cómo ha sido mi proceso de ser hijo. Vengo cargado de preguntas… y tal vez las resuelva en el escenario.
¿Qué significa para mí ser hijo ahora?
¿Qué vacío está dejando y qué espacio se está abriendo?
¿Qué hago con el amor que ya no podré entregar físicamente?
¿Cómo hago para integrar su ausencia sin yo perderme?
“LA MENOPÁUSICA SOY YO”… En cada gesto, en cada palabra que se me escapa sin darme cuenta, ahí está ella… viviendo en mí.